La vida del mendigo
como la del rey
oculta la pregunta
sobre la piel del otro.
¿Quién la acaricia?
¿Quién la besa?
¿Qué padece?
¿Cómo vibra?
¿Qué la eriza?
¿Qué temblores oculta?
Y bajo esa incógnita
está la llave de otros mundos
que obligan a abrir el corazón
a concebir la primavera,
los monsones de la India,
los cóndores de los Andes,
el susurro de una madre,
la traición en las esquinas oscuras,
el andar meditabundo del ladrón,
las ojeras del gerente,
los pasatiempos del depresivo,
las fiestas coloridas de las drag queens,
los rayos resplandecientes que golpean la cara del piloto,
los trineos arrastrados por el perro casi retirado,
los mareos en el crucero,
el hambre en las calles.
¿Y de qué sirve ese otro oculto
si perseguir ilusiones es lo que se nos enseña?
¿De qué sirve lo que vibra,
lo que tiembla
y lo que se eleva
si nos miden por las comas y los puntos
de una hoja de vida?
Si al final somos recordados
por las pieles y los territorios
que habremos explotado.
¿Qué es el futuro si no reinterpretar
las directrices de voces autoritarias?
¿Y qué es una revolución
si no tocar otras pieles
y vibrar al son de esas cosas que nos erizan?
¿No tiene significado romper los moldes
en tiempos en los que nos vierten
cemento en el alma
y nos piden que demos las gracias?
Quiero un siglo de luces,
de capullos de mariposa,
de luciérnagas tímidas resplandeciendo en la penumbra.
Quiero ríos alebrestados
inconformes con todas las respuestas,
llenos de peces,
de incertidumbre
y siempre abriendo nuevos senderos en la piel de la tierra.
Quiero cielos infinitos,
inabarcables,
inconquistables
y por ende libres.
Quiero palabras
que recuerden que fueron humanas
antes de precisas.
Quiero ciudades
que nos pierdan
y nos obliguen a buscar
caminos al alma.
Laberintos
que nos recuerden que la vida también es un juego.
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