jueves, 18 de enero de 2018

El Secuestro

Estaba acostumbrado a tomar café de madrugada y se decía a sí mismo, lo mucho que le gustaba el sonido de los autos que solitarios campeaban por la avenida principal, aledaña a su apartamento. Sus ojos tendían a cerrarse por lapsos de treinta segundos pero nunca se dormía. Lo logró tras oír en una radio que se requiere ejecutar algo durante 30 días continuos para que se convierta en un hábito. Al principio y con mucho esfuerzo evitó meterse nuevamente a las sábanas, tras bañarse y secarse. El cansancio de su cuerpo, lo forzaba a tomar "10 minutos" adicionales en la cama. Se podían prolongar poco a poco, hasta completar media hora. El resultado era que llegaba a la oficina una hora después de la deseada. Nadie en su trabajo de entonces le exigía cumplir con una hora establecida. De hecho, su jefe era flexible, amable y tolerante. Siempre tenía una sonrisa en el rostro y a pesar de ser oriunda de la costa caribe, contrario al estereotipo del interior, llegaba antes de 7.

"30 segundos" le dijoa un campesino al que casualmente le contaba su historia. En su mente, cerró los ojos y luego los abrió, la chapa de su puerta se movía con violencia y en cuestión de milésimas, dos encapuchados entraron, lo rodearon con armas y lo hicieron subirse a una camioneta con vidrios negros.

No fueron rudos, ni groseros. Al contrario, los asaltantes tenían ademanes impropios de alguien que carga pistolas. Su acento era bogotano y al parecer, ellos habían sido criados con sus mismos escrúpulos lingüísticos. Con la cabeza cubierta por una bolsa de tela, solían intercambiar pocas palabras. Al subirse a la camioneta le dijeron en un tono suave "esto es un secuestro, señor Noboa, le pido que mantenga la calma, no lo vamos a lastimar".

Después del miedo, vino una calma enfermiza, acompañada de la incertidumbre de no saber a dónde iban. Le pareció divertido pensar que en esos carros que oía de madrugada, quizás alguno, algún día, por algún motivo, también llevaba a algún rehén. Soltó una risita y luego, decidió dormir.

Pensó en sus hijos y en su esposa pero no como alguien que se lamenta, o que teme perder su mundo. Pensaba en sus rutinas: Si no hubiera sido secuestrado, estaría preparando los huevos de los niños, el jugo de naranja. Gabriela, se levantaría con el rostro pálido y el cabello desordenado. Le diría -buenos días, Hernán- y luego un silencio rodearía la mesa. Comerían tostadas, harían un comentario trivial y se despedirían. Qué valiosa vida, solía decirse a sí mismo cuando su auto se alejaba de casa y miraba lo que había construido.

La había dejado de amar. O eso concluyó hace un par de meses cuando en la ducha, pensaba cómo se habían conocido y el intenso sentimiento que lo rodeaba. Un par de traiciones no era lo que había erosionado la utopía. Simplemente el tiempo con su movimiento suave y sereno, había conducido a que su corazón dejara de acelerarse y a que las madrugadas supieran a tostadas de avena.

Sus hijos lo querían, sin duda. Y él los amaba. Pero había un problema, ni ellos lo conocían, ni él lo suficientemente a ellos. Y esa pequeña pregunta sobre la autenticidad de lo que sentía lo seguía en los momentos, los pocos para ser sincero, en los que podía pensar en silencio. Justo después del café de madrugada, eran los autos los que lo despertaban de sus profundas elucubraciones sobre la futilidad de la vida de un empleado de empresa de telecomunicaciones.

Confirmó sus dudas en un temblor. Estaba sentado en su escritorio con esferos metálicos cuando un movimiento fuerte sacudió sus piernas y derrumbó el computador. Se levantó, corrió a la oficina de su jefe, la tomó de la mano y la protegió de la caída de escombros. Cuando terminó el evento, le preguntó si estaba bien, acarició su mano y la acompañó al hospital. Los médicos decían que estaba bien, salvo por una pequeña fisura. Fue a comprarle un cabestrillo y se percató que ya estaba a punto de terminar el día. Y recordó durante toda la jornada que no había pensado en su esposa, ni en sus hijos. Revisó su celular y se dio cuenta que tampoco tenía llamadas.

Llevó a su jefe a su casa y la abrazó, como un niño que sujeta una balsa en el mar con desesperación. Luego fue a su casa. Su esposa, le contó sin emoción que los niños estaban bien, uno de ellos con una pequeña fisura. La enfermera del colegio lo llevó al hospital y un compañero ofreció su casa para que pasara la noche. Entonces, él sintió lástima por ellos, no remordimiento. Eran como dos individuos inocentes solos en el mundo y rodeados del vacío que dejaban dos adultos alienados y fríos.

Uno de los secuestradores decía que ya habían pagado. Abrieron las puertas de la camioneta y le dijeron que se quitara la bolsa después de contar hasta 100. Caminó, sin escuchar el rugido de la ciudad. Contó hasta 100, luego se sentó. Sintió compasión de sí mismo. Abrió los ojos y se vio rodeado de nubes, montañas color esmeralda, flores violeta y una carretera sin pavimentar. Quizás lo habían conducido a los páramos del oriente de la ciudad.

Pensó en llamar a su esposa y volver con sus hijos. En la alegría de volver. Luego, los lunes, las tostadas de avena, el café y el sonido de los carros. Frunció el ceño y recordó la triste sensación de tener que ir al colegio a la fuerza. Miró las montañas, botó el celular en un charco cristalino y decidió caminar sin rumbo, hasta el día de hoy.