miércoles, 12 de agosto de 2020

El Reino de Caín

 -Agotado de su búsqueda- decían los pobladores más viejos -Caín, eligió un lugar de la geografía al que no había llegado Dios-. Tierra de monzones, de vientos índicos, de tsunamis intempestivos y estrellas transparentes, en la roca tallada habitaban rostros de otros seres divinos, con otras leyendas. Seres que tensaban el arco, otros que destruían cíclicamente el universo y otros con la cabeza de un dios y el cuerpo de una prostituta. Allí, en el seno de una casa de dónde se desprendía el aroma de la canela, el té negro y el cardamomo, nació una pequeña niña. 

Hija de un padre dedicado a la agricultura y de una madre abnegada y dedicada al hogar, supo caminar con facilidad y acercarse al paquidermo que asomababa su trompa por la ventana para pedir comida.  Sus ojos, pequeños frente a su cuerpo monumental, la examinaron un par de veces  y luego procedieron a cobijarla entre su cuerpo. Ajena a los lloriqueos de los niños malcriados, se permitió dormir sobre él.

Eran distintos, solía afirmar su mamá: Ella es un humano y él es un elefante. Son iguales, decía un viejo monje budista a la vera del camino: Sus huellas van unidas hasta la ribera. Y ambas cosas eran ciertas, eran distintos y eran iguales. Ella iba creciendo, él comenzaba a envejecer. Ella usaba vestidos, él un collar de cadenas que lo acompañaba a manera de recuerdo. Ella comía verduras, él comía algunos granos. Sin embargo, en las tardes cálidas siempre caminaban juntos a la rivera.

Al observar el comportamiento, un inspector de un imperio inmenso y lejano, grande y pequeño, quiso saber más de la particular actitud. Grande, con inmensos buques de guerra y colonias anchas que podrían albergar varias veces la población de quiénes dominaban. Pequeño pues no era más que una isla en el medio del mar, aterrada por la desnudez y el tacto entre humanos. Se propuso seguirlos y observarlos.

Por esa época, un médico del imperio, atravesaba el lado opuesto del mundo. Estudiaba especímenes enquistados en islas pacíficas. Cavilaba sobre las formas de los colibrís del sur del mundo. Dibujaba las tortugas oscuras (que luego serían parte de un zoológico) y analizaba las condiciones del ambiente. Escribía noche tras noche. Sus huellas casi siempre iban acompañadas de amplias pisadas humanas.

El inspector, notó la cercanía entre la criatura y la criaturita como algo peligroso, extraño y ajeno a las conductas humanas. La muchachita movía su mano a manera de trompa. El elefante en su lugar, entraba a sus anchas a las casas del caserío y devoraba las frutas que encontraba. Entonces recordó que había un demonio en la región con cabeza de elefante y de inmediato le rezó al santo de su ciudad. 

Sobre el escritorio de la emperatriz reposaban dos cartas. Una que describía los descubrimientos de su coterraneo y otra en la que se pedía autorización para purgar el pueblo. Un sirviente angustiado tocaba su puerta y ella, quién hacía sus plegarias entre orgasmos y un funcionario de una lejana colonia del Este, se asomó despelucada a la puerta. Contoneando sus caderas pálidas, firmó las dos cartas. 5 meses después, un naturalista descubriría la teoría de la evolución y un pueblo del reino de Caín habría de caer incendiado por tropas de un imperio grande y pequeño.

-Sólo cenizas- dijo el corregidor. Se marchó y lanzó una piedra que tenía en las manos, hacia la ribera. Cayó en la huella del elefante. Y se hundió porque los elefantes son grandes y a veces los humanos somos pequeños. Pero hay algunos niños inmensos, dispuestos a caminar hasta el río, beber un poco de agua y recordar que la vida es mejor con un amigo.


lunes, 20 de julio de 2020

La Independiente

Te escribo desde la madrugada de Múnich que es distinta a ti. Que es más próspera y sus calles son limpias. Y te escribo porque de alguna forma te arrastro porque soy de dónde vengo. Estaba leyendo a García Márquez y pensé en mis abuelos maternos en el campo. Pensé en la melancolía de los parajes solitarios de la costa, en las mamás que siempre aman de una manera inmensa y dolorosa. Me cuentan en los medios que andas encerrada por una pandemia que aterró al mundo y por un presidente que no deja de sorprenderme por su ineptitud. 

Me parece increíble que un hombre que no terminó ninguna profesión y andaba en chanclas por las calles de Barranquilla, se convirtiera en un nobel de literatura. Pero hoy no me quiero poner político. Pasaba a decirte que a veces te pienso. Con todo y lo mierda que eres con tus hijos. A veces te pienso, inmersa en tus océanos, en tus migraciones africanas y españolas. Con tus hombres que no pueden amar porque nunca serán suficientemente hombres. Con tus barcos de carbón aorillados en la bahía y escupiendo polvo al océano. Con tus guerras del siglo XX y con tus soldados obsesionados con derrotar a un enemigo que se les convertiría en un ser omnipresente.

No sé por qué te pienso tanto. Por qué tu comienzo del siglo XX me resulta intrigante. Tus utopías (los Estados Unidos de Colombia). Tu Oreste Sindici. Tus atardeceres brutales. Tu forma de recordarme que soy tercermundista y que a pesar de todo, es mejor tener guacamayas en el alma que industrias de relojes. Espero seas libre, patria boba, patria independiente.

domingo, 28 de junio de 2020

Los Miedos de un Gay


Me gustaban los hombres desde niño, no todos pero sí algunos. Y me gustaba mirar a otros niños, detallarlos. En mi primer año de colegio, solía besarme con otro de mis compañeros. Era curioso porque lo hacíamos constantemente y en diferentes espacios públicos. Nunca nadie preguntó, ni dijo nada al respecto. Hoy él es un pianista que toca escenarios como en la Sinfónica de San Francisco, hace poco se casó y según una de mis amigas, tiene algunos dejos de homofobia.

No sé cómo me enteré que ser gay estaba mal, quizás porque el mundo es esencialmente homofóbico y en cualquier esquina donde uno camine alguien se lo hace notar. Y a pesar de que mi mamá decía que si tuviera un hijo homosexual, lo apoyaría más, dejaba deslizar un dejo de lástima. Tenía un temor inmenso a ser lo que yo era. Ingeniaba estrategias para ocultarlo, una de ellas y quizás la más absurda: Ser un hombre tan apuesto, que atrajera mujeres y clandestinamente hombres.

Luego tuve una leve fase "homofóbica". Me burlaba de algunos compañeros, hacía chistes sobre el tema. En fin, procuraba negar cualquier filiación al tema. Cualquier comentario que levemente me incriminara me generaba un estrés inmenso. La gente solía preguntarme si tenía novia (siendo un niño) y a menudo esperaban que me gustara alguna mujer. 

Llegué a la adolescencia intentando ser como mis hermanos y tener una novia a los 14 años. Y mi intento terminó de manera absurda. Me metí a algunos chats de Radioactiva. Me sentí tan aburrido que comencé a identificarme bajo el pseudónimo de una mujer. Llevé esa identidad varios meses pues disfrutaba poder hablar con otros hombres en un plan que no fuera de "rudeza" y camaradería. Por esas fechas Skype era una plataforma incipiente, que tenía una opción de hablar con ciudadanos del mundo y así comencé a conocer a otras personas que eran como yo.

Luego llegaron las citas. Y debo hacer una pausa aquí porque no es lo mismo una cita de un heterosexual a la de un gay en el clóset. Cuando me encontraba con alguien procuraba que fuera clandestino, que nadie nos viera, no demostrar el afecto, procurar pasar desapercibido. Me entraba la paranoia de que el amigo, del amigo, del amigo de mi papá se enterara y le contara. No se vive en paz en el clóset.

Ya tenía 18 y uno de mis amigos había salido del clóset. Se respiraba un aire distinto en el mundo y yo sentía que era hora. A los homosexuales siempre nos hacen la pregunta sobre nuestra vida sentimental con un doble sentido. Como si la sociedad estuviera llena de detectives y nosotros obligados a responderle. Frente a la pregunta de mi mamá "¿te has enamorado de alguna mujer", mi respuesta fue "no". Procedió a la segunda "¿por qué?". Y mi respuesta fue "porque me he enamorado de hombres". Se quedó callada y la sala se lleno de aire cargado estáticamente. Y la verdad es que era cierto, había tenido varios amores platónicos y algunos acercamientos románticos. Estaba cansado del miedo.

Ya entrado en mi juventud, mi miedo era no ser suficientemente atractivo. Procuraba nadar, trotar, cuidarme con esmero. Y curiosamente eso no se refleja en obtener lo esperado. Me preocupaba no ser escuchado, ser invisible en el mundo. A fin de cuentas, no tener amor.

Me gradué y entré a una multinacional china. Cuando mi jefe hacía comentarios ofensivos del coordinador de recursos humanos y su colega, diciendo cosas como "ellos se conocen de atrás". Me fastidiaban, me parecían expresiones obsoletas y pasadas de moda para denigrar de alguien. Comencé a sentir miedo a decir abiertamente quién era yo. Mis amigas en la oficina lo supieron pero entré en una controversia conmigo mismo porque después de casi 22 años y 18 de ocultarme, de alguna forma me tenía que meter en un nuevo clóset. Recuerdo que entre los contactos masculinos que tenía en mi celular, uno de ellos era un proveedor de Villavicencio que se saltó el protocolo profesional y me comenzó a coquetear.

Avancé, algo cansado a la edad adulta y mi mayor temor era no ser amado. Conocí personas lindas, la embarré otras veces, aprendí a cuidar los sentimientos de otros y a ser sincero con lo que quería de alguien. Comencé a ver con escepticismo a los toros sexuales, los saunas, las discotecas burbujeantes y cuando veía a hombres de 50 años, paseándose solitarios por estos lugares, como lobos heridos por cazadores, me pregunté si terminaría igual. También vi a mis amigos, con sus relaciones abiertas que lo prometen todo y además son muy "modernas" pero están llenas de contrastes emocionales que a veces parecen una competencia de poder, inclusive, en algunos casos, una forma de abuso. Y me ha rondado en la cabeza la pregunta si para un homosexual existe algún terreno firme dónde echar sus raíces.

Quizás los miedos de un gay en la edad adulta comienzan a ser a la soledad y yo, que siempre he vivido de las figuras indefinidas, he comenzado a necesitar sentir que camino por suelo firme. Quizás me estoy volviendo viejito prematuramente. Una psicóloga en el Servicio Geológico Colombiano, me hizo una prueba de ingreso y me dijo "tu dibujo refleja alguien que quisiera tener más estabilidad". Sentí que fue muy acertada. En Alemania la gente poco habla de su vida privada, de manera que la presión de tener que figurar como heterosexual y tener que salir varias veces del clóset, ha desaparecido. Y precisamente ese tipo de conductas hace que sea más difícil que mi radar detecte a otro X-Men.