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miércoles, 12 de agosto de 2020

El Reino de Caín

 -Agotado de su búsqueda- decían los pobladores más viejos -Caín, eligió un lugar de la geografía al que no había llegado Dios-. Tierra de monzones, de vientos índicos, de tsunamis intempestivos y estrellas transparentes, en la roca tallada habitaban rostros de otros seres divinos, con otras leyendas. Seres que tensaban el arco, otros que destruían cíclicamente el universo y otros con la cabeza de un dios y el cuerpo de una prostituta. Allí, en el seno de una casa de dónde se desprendía el aroma de la canela, el té negro y el cardamomo, nació una pequeña niña. 

Hija de un padre dedicado a la agricultura y de una madre abnegada y dedicada al hogar, supo caminar con facilidad y acercarse al paquidermo que asomababa su trompa por la ventana para pedir comida.  Sus ojos, pequeños frente a su cuerpo monumental, la examinaron un par de veces  y luego procedieron a cobijarla entre su cuerpo. Ajena a los lloriqueos de los niños malcriados, se permitió dormir sobre él.

Eran distintos, solía afirmar su mamá: Ella es un humano y él es un elefante. Son iguales, decía un viejo monje budista a la vera del camino: Sus huellas van unidas hasta la ribera. Y ambas cosas eran ciertas, eran distintos y eran iguales. Ella iba creciendo, él comenzaba a envejecer. Ella usaba vestidos, él un collar de cadenas que lo acompañaba a manera de recuerdo. Ella comía verduras, él comía algunos granos. Sin embargo, en las tardes cálidas siempre caminaban juntos a la rivera.

Al observar el comportamiento, un inspector de un imperio inmenso y lejano, grande y pequeño, quiso saber más de la particular actitud. Grande, con inmensos buques de guerra y colonias anchas que podrían albergar varias veces la población de quiénes dominaban. Pequeño pues no era más que una isla en el medio del mar, aterrada por la desnudez y el tacto entre humanos. Se propuso seguirlos y observarlos.

Por esa época, un médico del imperio, atravesaba el lado opuesto del mundo. Estudiaba especímenes enquistados en islas pacíficas. Cavilaba sobre las formas de los colibrís del sur del mundo. Dibujaba las tortugas oscuras (que luego serían parte de un zoológico) y analizaba las condiciones del ambiente. Escribía noche tras noche. Sus huellas casi siempre iban acompañadas de amplias pisadas humanas.

El inspector, notó la cercanía entre la criatura y la criaturita como algo peligroso, extraño y ajeno a las conductas humanas. La muchachita movía su mano a manera de trompa. El elefante en su lugar, entraba a sus anchas a las casas del caserío y devoraba las frutas que encontraba. Entonces recordó que había un demonio en la región con cabeza de elefante y de inmediato le rezó al santo de su ciudad. 

Sobre el escritorio de la emperatriz reposaban dos cartas. Una que describía los descubrimientos de su coterraneo y otra en la que se pedía autorización para purgar el pueblo. Un sirviente angustiado tocaba su puerta y ella, quién hacía sus plegarias entre orgasmos y un funcionario de una lejana colonia del Este, se asomó despelucada a la puerta. Contoneando sus caderas pálidas, firmó las dos cartas. 5 meses después, un naturalista descubriría la teoría de la evolución y un pueblo del reino de Caín habría de caer incendiado por tropas de un imperio grande y pequeño.

-Sólo cenizas- dijo el corregidor. Se marchó y lanzó una piedra que tenía en las manos, hacia la ribera. Cayó en la huella del elefante. Y se hundió porque los elefantes son grandes y a veces los humanos somos pequeños. Pero hay algunos niños inmensos, dispuestos a caminar hasta el río, beber un poco de agua y recordar que la vida es mejor con un amigo.


viernes, 24 de abril de 2020

Se Marcha un Monje en Primavera

Nuevamente el médico de la aldea corría la sotana delicadamente y ponía el fonendo sobre el pecho, mientras los folículos se excitaban a su alrededor formando un círculo y levantaban los cabellos oscuros, presos del frío metálico. En medio de las virutas azules del incienso y bajo mirada atenta del gato, repetía que no era clara la taquicardia pues no había irregularidades, problemas de colesterol o problemas de saturación. El director de la comunidad miró hacia un lado, le pagó, le dio las gracias y lo despachó. 

En el templo lo tomaron como una simple enfermedad, hasta que los estudiantes que dormían a su lado se quejaron de que en las madrugadas se despertaban oyéndolo revolcándose en su cama, intentando despertarse. El supervisor lo citó en un salón de madera, en el que el viento esparcía el aroma dulce de la madera añeja de los pilares. Lo reprendió, como quién no quiere la cosa y cuando sintió el aroma a berenjenas, cerró sus ojos y se marchó. Tenía mucha hambre y nunca fue su costumbre privilegiar algo por encima de la hora del almuerzo. Sólo los mayores saben que ya iniciando sus estudios, se levantaba de las meditaciones buscando en la cocina los tallarines que vibraban al son de la música del agua ebullendo. No importaba cómo lo castigaran, su cuerpo se movía con parsimonia y suavidad hacia la cocina, como el agua hacia el cauce. Y tal vez por eso se hizo supervisor: Se sabía de memoria todas las penitencias, todos las reprensiones, todas las formas de maltrato, todos los escondites que un novicio podía buscar. Sólo perdonaba una cosa: La gula.

Los problemas persistieron y tras las quejas, algunos maestros le reclamaban directamente. El gato que era el más nervioso, en lo profundo de la madrugada, solía quedarse mirándolo fijamente como los monjes cuando meditan mirando la pared. La poca luz de las estrellas, modeladaba los plieges de sus sábanas que se movían de lado a lado. Parecía en un manicomio, se abrazaba a si mismo con fuerza, cerraba los ojos, cambiaba de lado y se levantaba con la frente llena de gotas. Era totalmente desafortunado considerando su buen desempeño. Cuando llegó al templo, tras atravesar las puertas de metal, el director supo de inmediato que se convertiría en su reemplazo. Una pequeña joroba, una cajita de libros y el indiscutible olfato del gato para las personas, lo convencieron de que era un monje apropiado.

Las clases para el novato transcurrieron regularmente, de salón en salón, llenándose de teología, de técnicas, de idiomas que no eran vernaculares, de teorías de la creación del universo, de libros con olor a siglo antepasado, de medicinas olvidadas, de demandantes lecciones sobre el alma y el cuerpo. Sus síntomas comenzaron momentáneamente, de un día para otro, sin dar mayor explicación. Los primeros días, pensó que se iba a infartar. Luego, comenzó a entender que era un mal crónico. Si unos sufren de amor, otros sufren de diabetes mientras a él, le faltaba dormir o soñar.

Uno de sus vecinos de sueño, venía de una provincia vecina y estaba al borde del colapso por la situación. Frente a la que para él, era una inoperancia de la comunidad, se retiró unos días a su casa en las montañas. Era grande, de madera y con patios interminables en forma hexagonal. Al final del pasillo, ante la mirada sorprendida de su padre, le comentó que llevaba meses sin dormir. Y la respuesta del general, no podía ser otra más que una amenaza de destrucción: "Si en 8 días, no logran hacer que todos los monjes duerman, quemamos el templo".

La paz de los patios se lleno del sonido estruendoso de los soldados que a menudo hacían bromas sobre la fisionomía de los monjes. Caída la noche, algunos de ellos seducían a las cocineras, mientras otros, esperaban de pie en los cuartos comunes y se percataban de cualquier diferencia en la posición de los monjes. Al pobre novicio, nadie lo habría descubierto, de no ser porque el gato, extrañando ver el espectáculo de contrastes, se le aproximó lentamente y maulló. A pesar de su quietud, sus ciclos respiratorios y la vibración de los pliegues de sus sábanas lo delataban, no estaba durmiendo.

Un director es un director, se dijo a sí mismo el anciano monje mientras se rasuraba. Se sentó en el suelo y le dijo al que pudo haber sido su sucesor: "Hice todo lo posible. Eres tú o el templo". 

Antes del alba, el gato serpenteó entre los pilares del patio y miró fijamente a la encargada de las ceremonias, darle una tablita con unos símbolos ilegibles. No hubo música, tampoco cartas de despedida. Sencillamente se abrieron las puertas, que cientos de viajeros, invasores, monjes, carteros, políticos de turno, científicos decepcionados, militares retirados, amas de casa sin hijos, viudos, navegantes cansados y examantes habían cruzado. Se cerró lentamente detrás de él.

Una pequeña lágrima corrió por su mejilla, no hacían falta más. Y se enfrentó a las inmensas montañas azules de primavera, a la incertidumbre de no tener destino. El camino a casa era tan largo, que tras pasar algunas aldeas donde le ofrecieron tallarines empapados en sopas vegetales, el cielo se oscureció. Y durmió profundamente, su corazón no palpitaba agitado.


domingo, 5 de mayo de 2019

Guía de Bogotá

Un amigo me comenta que hay una carrilera que atraviesa media ciudad. Tiene bases de madera y ella se constituye de dos largas hileras de metal en donde un tren antiguo se desplaza día tras día. Hace un sonido agudo y poderoso como cuando un ser corpulento estornuda. A menudo pasa una pequeña locomotora que en vez de llevar ciudadanos, está cargada de carbones. Algunos de ellos se caen a lado y lado para parar sobre las bases de madera. El sol en Bogotá sale aproximadamente a las 5:30 AM y los pájaros comienzan a cantar a las 4:30AM. En la ciudad comienza a atardecer a eso de las 5:50 PM ó 6:00 PM. En ese lapso de tiempo, cuando el cielo no está cubierto de nubes, un sol blanquecino apunta directamente sobre los transeúntes. Entonces los carbones se calientan y sin anticiparlo cuando uno pasa por la carrilera en la tarde, encuentra pedazos de las bases de madera calcinados como si un diminuto incendio hubiera devorado algunas de sus partes.

Transmilenio

Por la ciudad hay varios carrilles exclusivos para Transmilenio. Es un sistema de buses rojos y largos que en la mitad tienen una especie de resorte que les permite girar a pesar de su longitud. En su interior son grises y tienen tubos desde los que la gente se sostiene. El espacio personal en Colombia no existe. Durante las horas más concurridas la gente se agolpa en los cristales como si fuera un cuadro surreal en el que los ciudadanos quieren parecer en una caja de sardinas. En las estaciones hay tornillos metálicos para ingresar. Hacen un sonido tosco y agradable cuando uno los empuja. Se activan con una tarjeta de plástico y de color verde que debe estar recargada. La manera de tener dinero disponible es pagándole a los operadores que las reciben a la entrada de las estaciones o en una maquinita verde de metal que tiene una pantalla que dice paso por paso cómo llenar de dinero la tarjeta.

Nabokov decía que toda ciudad tiene un Jardín del Edén. En el caso de Bogotá, es la biblioteca Virgilio Barco.

La Biblioteca

Vivo al lado de una biblioteca hecha de ladrillos naranjas, que a su vez está justo al lado de la carrilera. Cuando atardece, los muros toman un tono refulgente. Hay cuadraditos de tierra en el suelo de los cuales emergen astoraques. Son árboles norteamericanos con hojas verdes y de cinco puntas. En Bogotá no cae nieve, ni hay un otoño mustio en el que todo se muere. Tampoco se ven primaveras floridas, ni veranos incólcumes. Por eso la vegetación está naciendo y muriendo todo el tiempo. En algunas épocas del año, los astoraques tienen parches de un verde claro mientras que en otras partes de su copa, tienen zonas con un café medio violeta. Cuando paso los fines de semana veo jovencitos bailando con un parlante a su lado. También se ven adolescentes disfrazados de personajes de ánime, suelen hacer duelos con espadas de plástico.

Tras atravesar el templo del sonido y sus espejos de agua con papiros, hay un camino que conduce a la entrada principal. Una vendedora de dulces está estacionada con un carrito. Tiene caramelos cuadrados envueltos en plástico, chocolatinas de 10cm de largo, papás fritas y una sombrilla gigante que la protege del sol. 

En el camino se siguen percibiendo plantas, cuerpos de agua y escaleras. La entrada de la biblioteca es de cristal y un guardián con un saco gris, revisa las maletas que uno lleva. Revisa sin revisar porque le pide a uno que abra la maleta y a duras penas ve su contenido. Al interior hay rampas que conducen a las terrazas. Ay, las terrazas. Desde ellas se logra ver al oriente unas montañas gigantes color azul y a medio camino edificios, rascacielos, autopistas, barrios que parecen en hongos sobre la piel de la tierra. Hacia el occidente, un adolescente melancólico como lo fui yo en esa edad, puede mirar los árboles del inmenso parque Simón Bolívar y arriba de ellos el atardecer multicolor.

¿Qué pensará el joven escritor que me lea en los años veinte del siglo XXII? La verdad es que soy un aficionado y decidí hacer este post en honor a un cuento precioso de un verdadero escritor. Se llama Vladimir Nabokov, era ruso y en su momento describió Berlín.



sábado, 2 de febrero de 2019

Cosas de Amigos

Se rascaba la cabeza y los bigotes se deslizaban a favor del viento, mientras desafiaba a la carrera séptima con sus ojos almendrados. Frente a ella un gimnasio, lleno de homosexuales arribistas y a su derecha un club de casas coloniales españolas cuyo dueño ostentaba la manía de sembrar un árbol por cada uno de sus hijos. El sonido desconsiderado de un auto rojo con un adolescente rodeado de prostitutas, la obligó a ingresar a la ciudad profunda: La de las goteras, la de las cucarachas y la de los habitantes de calle.

Allí hizo un recorrido fugaz entre gatos voraces y saltó dos veces entre cuerpos calientes de humanos que aunque tenían nombre, lo habían olvidado. Asomó su cabeza por entre las rejillas de la carrera séptima a la altura del centro histórico. La gente caminaba feliz pues era sábado. Había ancianos bailando tango por monedas con un pequeño parlante a su lado. A la diestra estaba una iglesia con franjas amarillas y rojas, y un ángel de mármol que con un cólico miraba la gente pasar. Justo en la mitad de la calle, hacia donde miraba el ángel, dos ancianos iniciaban una trifulca con insultos anacrónicos que hacían hervir su antigua sangre.

-Bribón, yo le aseguro que eso fue un jaque mate- decía el de saco rojo en uno de los bordes de la mesa.

-Mercachifle- Le respondía el otro.

Los dos cuerpos diminutos con cabellos blancos parecían dos copos blancos a punto de chocarse con violencia. Se levantaron y con suavidad movían los brazos como quien está a punto de asestar un golpe. Uno de ellos, de manera paquidérmica extendió su mano derecha sin lograr rozar a su oponente. A medida que daban vueltas, sus ojos se desorbitaban levemente y los insultos aumentaban su envergadura. Finalmente, cayó uno al piso con mucha torpeza. Cuando su oponente iba a celebrar la victoria, perdió el equilibrio y se alcanzó a golpear la frente.

La gente a su alrededor se reía y hacía bromas acerca de los efectos secundarios del viagra. Con cierta compasión compartida, los oponentes se miraron a los ojos, derrotados por lo absurdo de la vida. Una mujer con vestido blanco y cofia, se abría paso a golpes entre hombres que le miraban invariablemente la cola. Desesperada levantaba a uno de los ancianos, lo tomaba del brazo, lo reprendía y lo forzaba a atravesar una plaza. En el rostro del involucrado se leía rabia y humillación.

Don Fermín Jiménez no le dirigió la palabra a su enfermera durante dos semanas. Era el castigo por vulnerar de manera perversa el orgullo de un hombre. Otrora, le habría dado una bofetada y le habría enseñado. Era una situación tensa dado que ella era quien lo peinaba y mientras lo hacía, él intentaba decirle con el cuerpo que lo estaba haciendo muy fuerte pero dada la pequeña guerra entre los dos, se rehusaba a hablarle. No obstante, en pleno de martes de agosto, mes en el que los vientos alisios hacen que las ventanas parezcan espectros quejándose, el teléfono rojo sonó. 

Patricia, la enfermera, abría sus ojos esbeltos. Dijo un par de palabras en su acento venido del océano Pacífico. Abrió lentamente la puerta blanca del cuarto de Don Fermín. Y suavemente le dijo -que su amiga Gloria está en el hospital-.

Un escarabajo modelo 91, atravesaba de sur a norte como bala de cañón la carrera séptima. La ventana del conductor tenía la ventana abierta y desde ella, se veía una enfermera negra con cofia blanca y el cabello agitándose al son del viento. En el asiento de pasajeros, estaba un anciano, con un bastón con cara de pájaro y dos rubís engarzados en los ojos. Ella pitaba como una camionera y el anciano la secundaba gritando desde su asiento. 

Atravesaron los odiosos filtros de seguridad de la clínica Marby y el celador alterado reportaba desde su radiocomunicador sin baterías, que un jubilado y su "doméstica" habían pasado sin autorización. No los logró detener ni siquiera la enfermera cuyos senos apretaban contra el uniforme, ni el vigilante interno puesto que andaba en el baño masturbándose. 

Una habitación blanca, una mujer muriéndose, un jubilado y una enfermera. Se cerraron las cortinas como se cierra el telón en una obra de teatro. Un par de sollozos y luego el sonido del electrocardiograma cuando ya no hay latidos. Se escuchaba detrás de las cortinas un susurro que decía "siempre te voy a amar".

Caminaron en silencio Don Fermín y Patricia por las aceras de Chapinero alto. La enfermera le dio un codazo al jubilado y le dijo "¿amigos?". Se abrazaron y suavemente él respondió: "amigos".

A unos metros de ellos, la rata devoraba con alegría, las migajas que caían de la camisa del hombre jubilado.






  


viernes, 18 de enero de 2019

Modelos Neurocognitivos




A M.S

Se abrió una puerta y el transeúnte vio al hombre sapo y a su mujer. Él, siempre elegante y amable, se ganaba la sonrisa de todos sus vecinos. Especialmente, de la dueña de la panadería Mistral, a la cual le interesaba honestamente su campo de investigación: Los modelos cognitivos. Los aplicaba al campo de la programación, tenía predilección por los modelos neurales.

Caminaba por la carrera tercera y a menudo miraba con nostalgia una ciudad que a pesar de su caos, desde las montañas parecía en paz. Los edificios de ladrillo eran golpeados por los rayos del sol y por unos minutos dejaba de ser una ciudad de espíritu gótico. Era una urbe por y para los atardeceres.

Alzaba su mano, llena de ancas y desde la veterinaria, Rosita se limpiaba las uñas. Sola y triste, quizás sin nadie que le acariciara el cuerpo, se le había vuelto un hábito fruncir el ceño. Cuando alzaba la mirada, miraba a hombre sapo, sonreía y se despedía. Era un sujeto muy ilustre con una preferencia marcada por los perfumes de acacia.

En cambio ella, era simplemente soledad. En sus uñas tenía dibujado un barco que le recordaba a un hombre que olía a mar. En plena capital y a más de 500km de distancia con respecto a cualquiera de los dos océanos, Emel tenía sonrisa fácil y unos ojos brillantes. Su cuerpo era voluptuoso y cuando hacían el amor y ella recostaba su cabeza en el pecho de él, juraba que podía oír las olas del mar.

Se conocieron por casualidad en una tienda de barrio, iluminada por luces halógenas. Fue tal la confianza que pasaron del saludo cordial, al abrazo lleno de confianza y de ahí, a la cama. Durmieron abrazados como dos enredaderas que hubieran crecido juntas. Se separaron y se siguieron escribiendo. Siguieron durmiendo y contándose secretos, revelándose su mutua soledad. 

Una noche del lluvioso octubre, Rosita pensó si de verdad amaba a ese costeño que lleno de la sensualidad del Caribe, le había enseñado un pedacito de la felicidad. Decidió partir como suelen partir los marineros: De un momento a otro. Y dejó al barco sin puerto, por lo menos por un tiempo. La vida de ella avanzó sin ninguna irregularidad. Seguía atendiendo perritos, entre ellos a la mascota de hombre sapo. Quien siendo sensible al detalle, notó los ojos de la veterinaria diferentes.

Para la él las cosas eran más claras. Miraba desde su ventana a la de Rosita, hace meses. Y durante algunos meses, vio un par de sombras que jugueteaban, que se perseguían y se unían en un abrazo. Luego la luz se apagaba. Un día, volvió a mirar la silueta sola, un poco más rígida y un poco menos juguetona. Al tratarse de un erudito en modelos neurocognitivos, entendía perfectamente la lección. Ella había aprendido el amor y miraba el barquito en sus uñas para no olvidarlo.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Bogotá Nuclear

Su depresión lo llevaba a temer a los autos, a su rugido incesante, al inclemente bramido de llantas y al obsesivo movimiento de los semáforos. Signataria del protocolo de Kioto, Colombia nunca había visto una lluvia nuclear. Pasó como una noticia desapercibida pero inolvidable para quienes la presenciaron. El Instituto de Asuntos Nucleares se desmoronó como si fuera un pastel de bodas. Un pequeño hongo se instaló entre las nubes y se iluminó como no lo han hecho nunca las miles de vírgenes de yeso. Semanas después, un par de activistas protestaban porque las aguas presentaban niveles de radiación atípicos. Entonces el alcalde organizó una ciclovía nocturna. Todos olvidaron lo sucedido.

A tres kilómetros de distancia del accidente, un hombre se levantaba con una pequeña fobia. Al escuchar los autos de madrugada, pensaba que se iba accidentar, lo alteraban los sonidos de motor y comenzaba a temer a la muerte. Los semáforos punzaban su delicada mente. Tablero en mano, comenzó a dibujar la ciudad: Los dos rascacielos, las casitas de Teusaquillo, la miseria de Ciudad Bolívar, el Club de los Lagartos, el humedal Córdoba, el cielo de abril y la noche prístina de agosto. Dibujaba fórmulas y una pequeña ojiva que caía desde el aire. Los planes de un ingeniero nuclear, en una ciudad "sin elementos radiactivos".

El plan, muy sencillo, sin ciudad no habrían más carros.

Simultáneamente en el Palacio del Liévano, sede del alcalde, le decía el secretario de ambiente al burgomaestre: "No importa si vuelve a suceder. Elegimos qué se olvida". Se rieron y siguieron tomando chocolate.

sábado, 17 de marzo de 2018

Rosas

Su rutina sólo consistía en tomarle signos vitales, ayudarla a bañarse y darle de comer. Puede parecer sencillo pero en el pueblo de dónde ella venía, las actividades propias de la enfermería eran percibidas como indigno servilismo. Con un padre machista y arribista, debió abandonar su casa para poder dedicarse a estudiar una profesión y no quedarse anclada en una zona rural que no entendía su corazón.

Martha era una persona fácil de tratar. Nunca protestaba y a menudo le agradecía con pagos adicionales a su sueldo. Vanessa sentía algo de pena por esa anciana mujer que habiendo amado al mundo se había quedado sola en una inmensa casa de Teusaquillo donde las arañas reclamaban su condición de inquilinas.

Una sensación de alivio le recorrió el cuerpo cuando vio en la puerta de la casa a un hombre con ojos asiáticos y flores amarillas en las manos. Al intentar hablar con él, notó cierta torpeza que le impedía articular con claridad los conceptos. Se limitó a decir “¿está mamá Martha?”. Pensó en no dejarlo pasar, quizás sería una persona en condición de discapacidad con serios problemas para encontrar su camino a casa. Pero tras verle los cachetes suaves y redondos, supo que a nadie en esa casa le caería mal un poco de acción.

Tras saludar a Martha y aparte de efusivos abrazos, se sentaron a hablar en el lenguaje truncado de dos personas que se aman pero tienen su mente en mundos distintos. 

Elías estudió en un colegio de la zona, otrora cuna de los ricos de la ciudad. Nada del otro mundo, una institución con una mirada gótica del mundo y un machismo nada atípico que no pudo lidiar con la forma de ser de Elías. Se abstraía haciendo dibujitos en su cuaderno mientras se transportaba en la mañana. Sus chistes eran sencillos, libres de todo morbo, sinuosidad o crueldad. Podía estar absorto en esos inmensos salones de principios del siglo XX, mirando por las ventanas las nubes arremolinadas y al habitante de la calle que se recostaba al lado de una iglesia para masturbarse.

Sus notas siempre fueron deficientes y con el paso de los años, se convirtió en el objeto de tortura de los niños inseguros que necesitaban reafirmar su masculinidad y su estatus social. Solían abrir su lonchera sin permiso y cuando intentaba protestar con su enrededada lengua, el macho alfa del salón le zampaba una bofetada. A veces lloraba y a veces los profesores lo protegían. Pero no se podía tapar el sol con un dedo. Ni sus compañeros entendían bien por qué era distinto, ni se había hablado con claridad de cómo debían tratarlo.

Martha llegaba agotada de la oficina de reparación de víctimas del conflicto. Lanzaba sus zapatos y su ropa a una esquina y se dedicaba a dormir. Hasta que un día quiso observar detenidamente en el rostro de Elías el de su difunto marido. Una rara manía que tenía para descubrir una forma de belleza oculta en su hijo. Notó una mano marcada en su mejilla y moretones en el antebrazo.

Lo intentó todo, desde enviar cartas, hasta hablar con los profesores. Decían estar preocupados pero en el fondo lo tomaban como una broma.

Decidida, fue sin anunciarse al colegio y miró sigilosa desde los cristales. Descubrió que su hijo era un chico solitario, sentado en un pupitre aislado al que un par de compañeritos afeminados sólo lo determinaban para pedirle útiles escolares. Llegó el recreo y dispuesta a hablar con él notó cómo Esteban, hijo de un ingeniero de caminos, abría la lonchera. Su hijo protestaba, intentó socorrerlo pero algo la detuvo. Vio cómo lo tomaban de los brazos y golpeaban su rostro mientras se reían. 

No lo pensó. De hecho, la humillación que sintió era más grande que sus pensamientos. Se aproximó al niño que lo maltrataba, lo miró de frente y le dio una cachetada. Sonó tan duro que inclusive ella se unió al momento de consternación que experimentaron los pequeños.

Un profesor llegaba al salón y ella lo saludó con cortesía.  Acto seguido, escupió su camisa, tomó a su hijo de la mano y Elías, nunca más, pisó un colegio.

Vanessa lo comenzó a llamar terremoto, porque nunca sabía cuándo iba a llegar con un ramo en la mano.  Y durante algunos días después de que visitara a su madre, se hacía las mismas preguntas. Que dónde vivía, que quién lo cuidaba, que si las personas con síndrome de down tenían pareja. Luego los interrogantes se apagaban. La sala solitaria se llenaba de silencio y le volvía a tomar la tensión a Martha.




domingo, 18 de febrero de 2018

Gafas para Hacer El Amor


A ti, a quien conocí muy tarde. 




Eran las 6:30 A.M y Santiago peleaba con su desayuno mentalmente. Agradecía a la vida y a ese Dios que no lo escuchaba, por seguir otro día vivo. Pero era inevitable luchar contra el jugo de naranja y el pan, pues si no tenía suficiente cuidado podría volver a sucederle. Tomó un poco de mantequilla e introdujo la rebanada. Masticaba como cuando a una máquina le hace falta mantenimiento. Todo iba bien, hasta que lo sintió. Comenzó a toser y se ahogaba. Más que miedo, esta vez tenía rabia. Su mamá corrió hacia la sala y ya conocedora del procedimiento, lo sacudió y logró hacerlo escupir.

Tomó un taxi como de costumbre, con el bastón y las gafas negras. Era su conductor favorito con quien hablaban de la vida y de Dios. Un par de chistes libres de sarcasmo y un montón de halagos mutuos. Ambos estaban dónde debían estar y con quién querían. O eso pensaba él.

Llegó a una clínica de cristales azules. Saludó al portero modulando con alguna dificultad sus palabras. Subió al 5to piso y llegó a la sala de quimioterapia. Más de lo mismo, una inyección con un líquido corrosivo que le quemaba hasta el alma. Pensó en las semanas que vendrían y las variaciones emocionales que esto le traería.

Salió debilitado y con un poco de sorpresa y fastidio, se dio cuenta que don Gerardo, el taxista, no estaba afuera, listo para recogerlo. Entonces recordó que mientras sonaba esa canción espantosa que los conductores suelen poner para aminorar la miseria de sus vidas, le recomendó que lo llamara media hora antes de terminada la terapia. Y no lo hizo.

Volteó su rostro con dificultad y vio uno de los cafés más tranquilos y amplios de la ciudad en el barrio Los Nogales. Caminó unos metros, corriendo el riesgo de desparramarse en cualquier segundo y preocupar a su familia. Amó la brisa sobre su cabello, la autonomía de recorrer un andén sin importar que fuera con un bastón, el sol delicado de la tarde bogotana reflejándose en su rostro, cinco acentos del castellano distintos en la esquina donde vendían empanadas y el sonido de las hojas crujían sobre sus zapatos.

Pidió un café oscuro y se sentó a mirar a los transeúntes a través de sus gafas negras estilo rococó. Las tablas, las mesas y la alegría de los que bebían, le hacían olvidar todo. Volteó su mirada y un sujeto a unos centímetros, le miraba entre pasmado y molesto. No supo qué decirle. Pero el hombre con ojos de faisán se le adelantó.

-Si querías sentarte, pudiste haberme preguntado- dijo el faisán.

-Lo, lo… Siento. Vi la mesa desocupada. Tú no te sentaste primero- respondió Santiago.

Pensó en contarle de su enfermedad. De la manera en que afecta el cerebro y cómo a veces se pierde el sentido de la ubicuidad. Se levantaría y tomaría un taxi, pero el ave de rapiña se le adelantó.

-¿Dónde compraste las gafas?- le preguntó.

-En Cherry Nights, a un… a unas cuadras de aquí- le respondió Santiago.

-Quisiera unas como las de Wong Kar Wai, redondas y oscuras. Como las de sus protagonistas en Chunking Express o como las de la aliada del asesino en Fallen Angels-.

Pensó en preguntarle quién era Kar Wai pero nuevamente se adelantó. Tenía un rostro fresco y se frotaba las manos con cierto nerviosismo y seguridad. Era una mezcla curiosa.

-¿Sabías que Moonlight inspiró las escenas de movimiento y los encuadres en espacios encerrados en Kar Wai?- Le volvió a decir.

A punta de preguntas tontas lo fue arrastrando por las calles de El Nogal. A pesar de los carros, se oían y se observaban los dos con claridad. Nunca lo dejó responder las preguntas personales. Era intuitivo y se respondía a sí mismo.

-Tu segundo nombre es el de tu papá ¿cierto? Lo sabía, quizás tengas mucho de él sin darte cuenta-.

Caminaba rápido y el muy desconsiderado lo dejó relegado media cuadra. Y a la distancia le dijo flojo, se devolvió y casi a rastras lo hizo subir la empinada calle que para alguien como él, ahora parecía el Tibet.

Llegaron a su apartamento. Y siguió hablando. A veces hacía silencio y luego volvía a hablar sin parar. Quizás llevaba días sin nadie que lo escuchara. Nunca miró la cicatriz en su cabeza, ni la asimetría de su rostro. Terminaron desnudos en la cama. No supo cómo pudo hacer el amor, sudar y repetir. Fingió que nada pasaba cuando perdía el equilibrio o le dolía la cabeza y eyaculó. Recordó una frase pero no quién la dijo y la pronunció mientras su amante dormía profundo: “Divina juventud, aun no te vayas”.

martes, 2 de enero de 2018

El Mal Astronauta

Sucumbió a los encantos de metano de Venus, se perdió en las llanuras de Marte, conoció a una mujer en la Luna con piel de porcelana y besos lunáticos, esquivó los anillos de Saturno y de salto en salto extrañó los brazos de alguien que conoció en una de sus aventuras. Confundido durante el camino a Plutón, con la mente puesta en una persona cuya mirada era superior a toda su filosofía, se descubrió perdido. Desesperado, buscó en sus bolsillos y tras sacar una brújula, recordó que ni el amor, ni el universo, tienen norte.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Banderas en Marte

"...Subsisto gracias a la palabra que está subyugada a mis propios muros, que ocultan lo que el mundo no debe ver.
Recuerdo el rostro de Andrés cuando me dijo con la voz entrecortada que había visto a su mamá pasar por la ventana de la reja, el único lugar que lo conectaba con el exterior. No lo escuchó cuando gritó su nombre, tal vez su tristeza la había hundido en laberintos que mataron su instinto y eliminaron la posibilidad de haberse dado cuenta del pedido de auxilio de su hijo y salvarlo de las garras del general. Caminó derecho con el rostro pálido y la mirada inmutable, mientras Andrés absorto y derrotado, observaba el profundo azul del cielo.
Ese día los muchachos hicieron confesar a un periodista lo que había descubierto sobre las andanzas del presidente. No era poco. Me atrevería a decir que hizo todo lo posible para ganarse un puesto allí, en las que en otra época fueran las habitaciones de las clarisas.
Publicó un artículo en un pasquín de revoltosos en el que revelaba una foto de  una activista mientras entraba a la plaza Santa María. Al general lo tenía sin cuidado el acento revolucionario de los malos redactores. Lo amenazaron los ojos de la mujer que ferales miraban a la cámara diciendo “te tengo en mis manos”. Después de la publicación, el papá de la mujer le dijo entre lágrimas a la prensa que la había soñado encerrada en un laberinto, perseguida por un minotauro y que coincidencialmente esa mañana de tauromaquia, nunca la volvió a ver.
Justifiqué los golpes, los electrodos en las tetillas, los días sin comida y las agujas en las puntas de los dedos. Lo que no tuvo sentido, lo que fue bajo y falto de valor, fue que cogieran a Petite y frente a sus ojos le lanzaran un ladrillo. Ella ladraba desesperada. Cuando le cayó el peso en la cabeza, un chorrito de sangre se deslizó por el piso. Fue la única vez que vi a un periodista llorar.
Ese día los pasillos se llenaron de un antiguo sentimiento de tristeza. Una pena nos condujo a preguntarnos en qué mundo descansaban los perros ¿habrá uno para french poodles y otro para labradores?

Con Andrés todo fue muy distinto desde el principio. Cuando llegó, uno de sus tíos políticos intervino como la virgen para que su pecado no fuera expugnado por las vías de dolor.
En contraste, a este lugar la gente llega con el corazón en los pies, algunos se orinan y los caudillos más viejos, menos idealistas, huelen en los pasillos, la lenta muerte que les susurra como una hampona de barrio “verraquito, la vida se nos va”. En cambio a Andrés, a menudo lo veo soplar los dientes de león que crecen en las grietas como si el tiempo se midiera por los pétalos que desprenden las flores.
Él llegó muerto de la risa, con las pupilas dilatadas repetía que ya era hora de poner la bandera de Colombia en Marte. Y no era para menos, la Unión Soviética había anunciado que lanzaría una serie de satélites llamados Sputnik. Dicen que en castellano significa “amigo acompañante”.
Lo encontraron consumiendo hongos con la hija del general. Quizás era sobrino de algún ministro, no entiendo cómo no lo mataron.

Una madrugada el comandante me tomó de la cintura y me susurró al oído: “territorio amigo aún sin conquistar”. No me atreví a enfrentar a ese cerdo pero habría querido. No fui capaz de decirle que sus azules ojos me repugnaban. Que su mirada con el tiempo había abandonado su dejo de complicidad y se había vuelto un lente calculador. No había tenido el momento para explicarle que cuando lo veía en caballo marchar hasta la Plaza de Bolívar, no me parecía otra cosa más que un lame suelas. Es muy macho con sus subalternos y una completa puta con sus superiores.
Y es que después de ver el cuadro obsceno en el que un hombre disfruta la angustia, sólo queda un vacío en el estómago. Le dije a Quintero que después de ver cómo colgaban a un sujeto electrocutado en una celda, sentía ganas de vomitar. Él me respondió con silencio. Ésa siempre es su respuesta. En la noche me dijo que para que me doliera el estómago, era porque estaba embarazada.
En un día de agosto cuando atardecía y hablábamos en voz bajita, le conté recién llegada que siempre había soñado con hacer algo importante. Le di detalles de la escuela normalista, le dije que había leído la Metamorfosis de Ovidio y había soñado con ser escritora. Le confesé mis frustraciones como secretaria de un abogado acosador y fui más sincera cuando le revelé lo mucho que admiraba a Mata Hari y su falso origen javanés.
Él me respondió con una cara de despistado y me dijo que en su colegio también lo ponían a leer pero que casi no le gustaba.

Mi trabajo era llevar muchachos que representaran un peligro para el general. Me mezclaba entre ellos, hablaba de la URSS y tomaba gaseosa mientras los oía con atención. Fingía que era botánica, que admiraba a Lenin, contaba de manera anecdótica sobre los mangos que repartió Mao en China o hablaba sobre un hecho relevante del momento y les susurraba en voz bajita “tenemos que hacer algo”.
Los primeros intentos, no descubrí nada, sólo conversaciones cosméticas sobre el futuro del país. Excepto por ese muchacho que me miraba con ojos de lechuza. No decía ni una palabra pero su mirada sometía al interlocutor. Había un biólogo en el grupo que decía amar los helechos y un abogado que hablaba de la necesidad de una democracia directa. Harta, les pregunté qué pensaban de la memoria, si quizás la fotografía realmente conservaba los instantes, a lo que el muchacho de mirada encendida respondió:

“Afortunados los ojos que hayan visto, la última foto de una vida”.

Cuando llegué al otrotra convento, uno de los gozques del general me llamó con urgencia. Necesitaban que los ayudara.
-Y pasaron nueve meses- dijo el comandante con su tono que pretendía ser viril.
Avancé y pude ver el rostro de Andresito. Sentí vértigo. El lame suelas me preguntó qué hacía ahí parada, mirando.
-Yo le dije al general que una mujer no nos convenía, siempre lloran- dijo en voz alta y luego miró a los que lo rodeaban para ganarse su aprobación.
Nunca me pesó tanto mojar la toalla, levantarla, ponerla sobre su rostro mientras me preguntaba sin palabras, por qué le hacía esto. Sentí asco cuando encendimos la energía y vi su cuerpecito temblar al son de la infamia.
Los oficios duran 24 horas. Alternan la electricidad, el hambre, llamadas telefónicas a familiares, fotografías, amenazas de muerte, golpes, extracción de dientes, insultos, agujas en los dedos y asfixias temporales.
Saqué de mi cinturón a mi amiga “justicia” y le disparé en la sien. Temblé y resistí las lágrimas. Me acerqué a su carita e hice una fotografía en la memoria.
El comandante estalló en ira. Me dijo que yo no servía para eso. Que era una mujer y que nosotras siempre confundíamos la profesión con el corazón. Me dio una bofetada con la que casi me tumba los dientes. No le respondí.
Quinterito no me preguntó nada. Sólo estaba asombrado. Agradecí su silencio.
Volví a ser secretaria en un juzgado. Con suerte puedo escribir cartas en las que combino los estilos o envío mensajes ambiguos a magistrados. Me gusta llegar a mi casa y pasar canales como una autómata. Abrir una cerveza sin que los vecinos me vean.
La novelita de la tarde, las noticias, el canal cultural, ésas son mis rutinas. Esta mañana vi las imágenes de un tubo gigante. Lanzaba chispas desde su base. Mostraron la curvatura de la tierra desde el cielo que seguramente fue la primera foto que le tomaron a nuestro planeta.
La gente hablaba de viajar a marte, en cambio yo, después de pensar en Andrés me pregunté, quién tendría la fortuna de tomarle la última foto a la tierra..."

Autor: ICVG

sábado, 19 de agosto de 2017

El Enigma del Parador Rojo

Felipe miraba al público anonadado. Es fácil creerse importante y otra cosa es serlo. Estaba frente a una delegación internacional ganándose un premio por su último estudio sobre la ocurrencia de la preclampsia y las condiciones ambientales. A pesar de los aplausos, cuando llegó a su habitación miró al techo sin sentirse muy distinto. Quiso recordar por qué se había vuelto estadístico y para su sorpresa, a duras penas recordaba su segundo semestre de pregrado. Sintió un inexplicable sinsentido, parecido a la tristeza.

Tomó un vaso de ginebra y se recostó arrullado por el sonido de las cigarras. Después de hundirse en la tranquila nebulosa del silencio, se vio a sí mismo sentado en un comedor grande, lleno de personas que se reían. Vio su ropa y sintió el calor. Era apenas un niño y estaba en un parador ubicado entre la vía que lleva de Bogotá a Melgar. Su madre tenía una cofia en la cabeza y le repetía que se tenía que portar bien, en su típico tono gruñón.

En su vida adulta, ella acudía, día tras día a ese parador caliente, a buscar el sustento para sostenerlo, dado que el destino quiso que fuera madre y soltera. Siempre estaba de mal humor y cuando se trataba de travesuras lo cogía a golpes porque perdía fácilmente la paciencia. Él, acostumbrado a obedecer, se dedicó a ver sentado a las personas caminar.

Llegaban familias felices, algunas con los padres y los hermanos que él no tuvo. Mujeres gordas con camisas cortas que delataban su celulitis, ancianos huyendo despavoridos de la fría ciudad y empresarios con sus amantes, ocultándose de la Bogotá vibrante.

Inició dibujando la vulgaridad de los comensales: Sus labios llenos de grasa, sus sombreros baratos de contrabando, las piernas agrietadas por los años, los padres que morboseaban adolescentes y a los sacerdotes acompañados de eunucos. Con sus 6 años, ya había aprendido a contar, inclusive, sus límites habían rebasado lo que podía imaginar. Y casi sin darse cuenta, comenzó a anotar la cantidad de visitantes.

Su madre, a menudo coqueteaba con el administrador, que no era más que un lechón desagradable que no tardaba mucho en tratarla mal cuando cometía un error. Esos días, por el motivo que fuera, lo golpearía en la casa. Mirar a las personas, atrapadas en sus vidas se convirtió en un pasatiempo que le permitía huir, del odio que sentía hacia ella.

Comenzó a formar grupos, contó los hombres y las mujeres, los altos y los bajos, los histéricos y las ninfómanas, los que vestían de azul y los que vestían de rojo. Inclusive, anotó los platos en los que comían. Pronto notó una generalidad. Había días en los que se cargaba el ambiente y las familias discutían, los amantazgos se rompían, y a los sacerdotes les daba un paro cardiaco. En otros, las libélulas bordeaban la comida, los jóvenes se enamoraban y el sol brillaba desbocado. 

Pensó que quizás era el clima, el fuego de la estufa o la presencia de la policía en las carreteras. Nada coincidía con sus listas llenas de números y categorías. En una de las noches solitarias, cuando se oíael cantar de los insectos, se aproximó a pedir una servilleta a la cocina. Vio cómo a una adolescente cocinera, se le acercaba el administrador y desviaba sus manos hacia su pantalón. Al día siguiente, casi espectral, ella mezclaba una sopa llena de menudencias, mientras su mente viajaba a otro lugar. El cielo se nubló y la gente que comía, había empezado a odiar.

Su madre había engordado, era más gruñona, se dedicaba a los chismes y no perdía oportunidad para celar a cualquier hombre que le interesara. El moreno lechón, con su sonrisa exagerada, caminaba oliendo la cocina, como un animal territorial. A lo lejos detalló mejor a la chica y notó que era de silueta delicada, y con un rostro de profunda introspección.

En una ocasión, mientras llegaba del colegio, notó que todos reían en el parador. Una alegría mezclada con euforia, hacía que los amantes se besaran como animales primitivos. Corrió a la cocina y vio cómo el administrador gritaba. Decía que así era como le pagaban a él por hacer favores. Insistía que era una calumnia de una muchacha confundida, mientras en sus manos miraba un papel con un sello de la policía. Les reclamaba a sus trabajadoras y miraba con odio a la cocinera. Ella estaba roja pero sus ojos reflejaban la fiereza de quien está dispuesto a ganar.

Llegada la noche, no había ningún comensal en el parador. Los empleados se habían marchado y él no encontraba a su madre. Un rayito de luz se asomaba entre las puertas de la cocina, ante lo que él decidió acercarse sigiloso a las puertas. El administrador cerraba los ojos y se apretaba el entrecejo. Su madre se reía y miraba con desdén a la cocinera. El lechón le entregó un fajo de billetes a su madre y ella se dirigió hacia la adolescente, la tomó bruscamente de la muñeca y le puso el dinero en la ropa interior.

-Yo sé cómo son las de su tipo, ésta es su última noche en el parador- dijo su madre.

Huyó la niña despavorida y tras de sí dejó una estela de misterio. Se subió a un bus con un letrero que decía "Melgar-Bogotá"y se desapareció entre las estrellas y la luna.

El parador no fue igual. Ya a los amantes no les brillaban los ojos, las ancianas no tenían enfermedades terminales qué relatar, las peleas eran menos apasionadas y sobretodo él, ya no sentía la alegría de mirar a través de las puertas de la cocina. Un sacerdote rodeado de prostitutos le dijo a uno "veníamos buscando emociones intensas, sentirnos vivos. Este lugar ya no es igual".

Pasaron los años y el pueblo se narcotizó. Se volvió una villa de casas con piscinas y de narcotraficantes ansiosos por poner una discoteca. Su mamá lo siguió odiando y él comprendió, que era hora de volar. Con las piernas que ya no le cabían en la pantaloneta, se fue corriendo a la entrada del ahora famélico Parador Rojo y estiró la mano para parar el primer bus que pasara. Precisamente era uno que decía "Melgar-Bogotá".

sábado, 3 de septiembre de 2016

Federico Sanjuan

Una bestia inmaculada, quizás un minotauro, salía en la pantalla del televisor, desarticulaba la mandíbula y advertía sobre el riesgo de dibujar líneas onduladas. Un grupúsculo de militantes malolientes, solía dibujar olas en sus manifestaciones contra el régimen. No suficiente con aniquilarlos tras rastrearlos en escondrijos en universidades públicas, sospechó que su iconografía los haría mártires o héroes proscritos. 

Entonces censuró la "s" y la reemplazó por la "z". En un intento desmedido por conservar ciertos conceptos, los grafiteros escribían "zueños" con "z". Los policías, preocupados por la moral de los adolescentes, los detuvieron y frente a un juez que mascaba chicle, advirtieron de la mano de un gramático con parches en los codos, que aunque la palabra no poseía ningún indicio que sugiriera una violación a las nuevas normas su naturaleza voluble e incoherente podría salirse durante algunos momentos, de lo estrictamente definido por la RAE.

Federico Sanjuan, habitante del barrio Santafé, un barrio de putas y venidos a menos, poco escuchaba las noticias. Su mediocridad política lo hacía consciente del régimen y sus atropellos pero le impedía tomar cualquier posición. Inclusive consideraba extremista al vendedor de aguacates (a los que ahora tocaba cortar en cuadritos), porque insistía en repetir que un mandatario que se meta en la cama de las personas era un peligro para cualquiera que quisiera un poco de calma e intimidad. Afortunadamente, los brazos cafés y gruesos del gobierno no llegaban a los barrios de la hampa. Menos si había putas o vendedores de aguacates.

Pobre Federico, ser errante, graduado de una de las mejores facultades del país, destacó en su juventud por un gusto desmedido por las carnes, del color que fueran. Y en su sala, con un leve olor a ceniza, cuelgan los cuerpos de las que desnudó o de las que hubiera deseado tocar.

Una tarde de ésas en las que no pasa nada. Por ejemplo un sábado en la tarde, en la que la el aire era tibio y el sol se tornó rojizo. En una calle que normalmente se ve espantosa, pero que un sábado, en la tarde, con la luz perfecta y dos niños conjurados que se ríen y juegan con una pelota de plástico que huele a frutas, es el lugar perfecto para que lleguen unos uniformados. Para que lleguen cuatro, todos asiduos clientes del barrio pero que en función del estado pisan los charcos en los que se reflejan las casas y el cielo azul de agosto.

Es el momento, qué se yo, para que detengan al señor de los aguacates porque un ciudadano impoluto, en ejercicio de su honesta causa, lo ha denunciado por rebelde. Y que, dada la hora, por pereza, quién sabe, porque simplemente no se le antojó, le encuentren un aguacate que no cortó en cuadritos. Y que, si les alcanza el tiempo y el odio, lo fusilen en la calle, frente a sus vecinos, que se creen valientes pero frente al aplastante carácter del Estado, renuncien siquiera a auxiliarlo.

Y tal vez, nadie lo ve pero sucede, que un pintor mira con los ojos aguados la calle iluminada y respira con alivio porque sus muñecas, sus adoradas muñecas desnudas no se las llevará el ejército. Porque si atrapan a un rebelde, no volverían por dos. O eso cree él. Porque en el fondo, para proteger la "S" de las mujeres hay que matar la "S" de los aguacates.

viernes, 22 de julio de 2016

El Mariachi

Según él, fumaba para aliviar la tensión que le causaban los pantalones apretados. Y a diferencia de los universitarios que se escondían de las miradas conocidas, él había crecido en esa calle y desde que la memoria le funciona, ha cantado para hombres con cadenas de oro y borrachas con la lívido encendida.

A simple vista un mequetrefe, pero otros coros cantarían si la gente conociera su historia. Perdió la virginidad tras bambalinas bajo una imagen de la virgen de Guadalupe con una señora de cincuenta que decía ser la reencarnación de Marlyn Monroe. A pesar de trabajar noche tras noche (sin parar), es poco lo que duerme en los días. Le gusta ir a los centros comerciales setenteros y jugar videojuegos. Así transcurren los días: entre maquinitas de carros, trompetistas, guitarristas y tequila.

Es inevitable mantener la cordura en una profesión que requiere de carisma y licor. Procura no pasar de tres copas. Cuando lo hace suele ponerse alegre y dicharachero, y a menudo se sienta en las piernas del guitarrista.

Debo corregir algo en esta historia. No perdió su virginidad bajo un cuadro de la virgen de Guadalupe. Lo hizo con una niña punk que conoció a sus quince años. Olía a comino, según ella, porque sólo comía platos naturales. Y precisamente, su primer beso, supo a baterías, guitarras eléctricas y cilantro. Entonces él le tocaba la cintura que ondeaba como una serpiente... Y la quiso capturar en el Parque de los Hippies. Tras entrar a la universidad ¿quién saldría con un mariachi? Un día cualquiera, ella decidió no volver a responder el teléfono rojo y pesado de los años noventa.

Por eso él tiene los ojos vidriosos y un par de cenizas le queman la solapa.

-¡Jueputa!- Exclama mientras camina calle abajo, hacia el Parque de los Hippies.

Ya mañana en la mañana se llenará esta calle de bogotanos encorbatados.






sábado, 4 de junio de 2016

Alejandría

Durante los días recientes, había recordado con entusiasmo su llegada a la biblioteca. Apenas un adolescente, tomó la decisión de cruzar el mundo, con los comerciantes. Mientras ellos hablaban de la porcelana y los castillos hexagonales, de la canela y los brahamanes, del Nilo y las ciudades sepultadas, en su lugar él cargaba un libro con pastas de cuero y símbolos extraños.

No fueron pocos los intentos de robo de las tribus que vivían en el camino. No obstante, iban detrás de las especias, el oro y la cerámica. Cuando finalmente llegó a la ciudad, un par de leprosos le indicaron el camino a cambio de un beso en la mejilla. Era conocido que las pústulas infectaban el alma y el cuerpo, pero su determinación lo hizo meditar y concluyó que sólo necesitaba los ojos para leer.

En los grandes centros de conocimiento, la humanidad y sus caprichos no se ven anulados. Tambièn habitaba la envidia, el deseo sesgado de aplastar a los colegas o el extraño narcisismo de hacerse inmortal a través de los demás.

Sin embargo, la obscena humanidad se veía exaltada en los pasillos, que contenían colecciones de los cómicos griegos, copias de los textos originales de Platón, tratados de farmacéutica, filología y matemáticas. Inició su carrera limpiando grandes tomos de un sacerdote babilónico, que se propuso contar la historia del mundo.

Tras modelar el movimiento del agua, traducir libros de matemáticas del persa al griego y trazar órbitas planetarias, logró dirigir el laboratorio. Se respiraba un aire a conocimiento, la ciudad estaba viva. Pero uno es, en gran medida, de donde viene. En las tardes se sentaba a respirar y su corazón se apaciguaba.

A medida que los días avanzaban mientras meditaba se veía en un salón blanco, en silencio absoluto. Las letras que lo acompañaron durante su infancia se diluían. Ya no soñaba con Homero, escribiendo sobre piedras. Hasta que una mañana, a pesar de los sonidos, comprendió el silencio, lo examinó... Decidido, prendió fuego en los tomos de "La Historia del Mundo" y en menos de una hora, el que fuera el centro de conocimiento más apreciado de la era clásica, estaba en llamas.

Sintió pena y tras analizar lo que había hecho, se sintió un troglodita. Miró desde la distancia, cientos de historias hacerse polvo. Cerró los ojos y meditó con el único libro que salvó del desastre. Era un antiguo tratado, escrito por un leproso desterrado, sobre el número cero.

Alejandría desapareció.

domingo, 29 de mayo de 2016

El Carnicero

Wilson Guayambuco sintió curiosidad infantil cuando vio su pecho cicatrizar después de la cirugía. El dolor era intenso, las enfermeras no lo dejaban dormir y las pastillas le sabían amargo. Previa a la intervención, recibió una exposición sobre el procedimiento: Le pondrían el corazón de un desconocido. Para asombro de los médicos, él conocía los ventrículos y las aurículas, las venas y las arterias. No le aterró la sangre, evolucionó de manera sorprendente y llevaba en sus ojos un pragmatismo inusual en los pacientes: Era carnicero.

Su recuperación fue un éxito. Caminó en cuestión de semanas y volvió a trotar en un mes. Sus mejillas volvieron a su usual rosado y pronto le quitaron la incapacidad. La mañana del lunes de mayo, abrió con alegría la puerta del local con el que sacó adelante a sus dos hijas: Úrsula y Deyanira. Atravesó el camino a las vitrinas, alistó el cuchillo y se puso el delantal. Don Pepito, reconocido ingeniero y mal humorado vecino, le pidió un par de costillitas. Wilson sonrió, sacó las costillas y cuando se disponía a cortarlas, de golpe sintió náuseas y sus ojos se cerraron.

Entrecerraba sus párpados y lograba distinguir a sus amigos de plaza: La peluquera con silicona en los labios, la panadera con silicona en los senos y el policía con silicona en los glúteos. Don Pepito, dejó su genio refunfuñón y se mostró preocupado por su amigo el carnicero. Dos enfermeros, con hierro en el alma, lo alzaron y lo llevaron al hospital. Nada qué temer, le dijo el doctor, sólo fue una fuerte impresión, revise qué lo está perturbando.

Mientras reposaba en su cama, con sábanas de tigres, decidió encender la televisión. No toleró cinco minutos de su novela favorita, una serie para gente bruta, con chistes cliché y prejuicios vulgares. Pasó los canales y se detuvo en uno sobre cuidado de perritos. Tardó veinte minutos aprendiendo sobre la psicología de los labradores, la dieta de los chihuahua y el pelaje de los pequineses. Adelantó un par de canales y como hombre hechizado, no pudo dejar de sorprenderse con la vida de las ballenas. Sus ojos de macho, que no lloraban sino por el fútbol, se humedecieron como pantanos al ver cómo los pescadores acechaban una yubarta.

El siguiente lunes abrió su local, no se puso el delantal y no desenfundó el cuchillo. Se disponía a montar un mercado orgánico. Un fracaso completo, de no ser porque creyó en el entusiasmo y la fuerza del amor. Había descubierto en su corazón, otro tipo de fortaleza. Años después, en una cafetería de mala muerte, un médico borracho le confesaría que le habían puesto el corazón de un vegano. 

sábado, 21 de mayo de 2016

Fricción


Fotografía: Robert Doisneau

El rechinar de la tiza en el tablero, le destemplaba los dientes. El desplazamiento del peine sobre el cabello, le quebraba las puntas y hacía que odiara a su mamá. Le tenía alergia a las bufandas. En los buses, la masa humana de Bogotá, la empujaba y acorralaba en un rincón. Su vida era una tragedia.

Se volvió una adolescente que vestía de negro. Ensimismada detestaba el roce de los mundos: Un saludo, una mirada tierna o una palabra ocasional. Su mirada felina se levantaba en contra de las amabilidades que percibía falsas. Los trabajos en grupo le resultaban un flagelo.

Camino a la universidad, cayó por las escaleras que conducían a la estación de bus. Un hombre de negro la miró con desprecio y luego la ignoró. Humillada, se lanzó con las uñas afiladas al cuello del desconocido. Minutos después los cuerpos desnudos habrían de descubrir el sentido artístico de la fricción. Flagelos múltiples y ojos felinos que se cierran de ¿dolor?

sábado, 14 de mayo de 2016

Rosa

Bastarda por el lío amoroso de su madre, que se acostó con dos hermanos y no supo explicarle a su hija cuál era su padre, Rosa se prometió tener un hijo sin papá.

Buscó a un hombre en la cantina, bailaron rancheras y durmieron sobre un tejado de barro. Dos semanas sin sangre y una prueba positiva.

Era marzo, cuando su vientre apenas asomaba, una catarata roja bajó por sus piernas. Qué lluvioso marzo, qué lluviosas las piernas.

Semanas recostada y dudas razonables, la hicieron pensar cuál riesgo correr: La esterilidad elegida o la batalla incierta. Fue al lugar donde los hombres jugaban tejo, emborrachó a uno de bigote castaño y yacieron sobre la arena.

Entusiasmada fue al pueblo con un vestido solferino. Compró rosas para decorar y mangostinos para comer. Era mayo y los cucarrones volaban por el aire. Uno de ellos, chocó con la boca de la campesina. Sintió un espasmo en el vientre y vio cómo se manchaba su vestido. Esta vez, el tejo no había funcionado. Qué húmedo es mayo, qué húmeda la boca.

Decepcionada, fue a recolectar orquídeas al monte. Un hombre viejo y con la boca seca, le prometió mostrarle más. Una vez solos, el viejo se acercó, Rosa lo rechazó; forcejearon. Finalmente, ella vio una oportunidad. Es bien sabido que el colibrí en el páramo tiene poca competencia y las flores son más astutas. Cuando terminó, dejó a la flor humedecida y cansada.

Era agosto, con los vientos fríos y agrestes, con las cometas y el sol, los venados y las lagunas. Qué colorido es agosto, qué colorido tu vientre... Rosa.


martes, 12 de abril de 2016

Aisha y Adam

Adam el comerciante de libros atravesaba senderos milenarios para llegar a la ciudad del Cairo. Lo acompañaban los camellos y sus largas sombras. En el camino lograba ver edificaciones que otrora fueron habitadas por dioses olvidados. Sentía nostalgias ajenas al ver vestigios de algo que no entendía en toda su magnitud. 

Unos ladrones encapuchados saltaron a su espalda, capturaron los camellos y se marcharon. No sin antes advertirle -Te heredamos la cárcel más grande: El desierto-.

Caminó hasta ver espejismos. Y de la tierra que yacía bajo sus pies, sólo le quedó el polvo. Desamparado miró las estrellas y durmió.

Amaneció y algunas gotas de rocío condensadas en los cactus, le permitieron caminar otros metros. Sentía gratitud por la saliva que pasaba y la mucosa que lubricaba sus pulmones.

En medio de la nada, supo que el silencio era una teoría. Que el mundo nos había dado sonidos inmanentes, lejanos y constantes para descubrir que la soledad también tenía nombre. El susurro del viento, hizo que se preguntara si aún podía hablar. Dijo su nombre con dificultad.

Un grupo de tuareg lo encontró sobre el suelo. Lo hidrataron y lo cargaron hasta el pueblo más cercano. Los nómadas notaron que a menudo se tapaba los oídos y se retorcía. Los cantos nocturnos lo calmaban. También los cuentos sobre bestias e inmortales.

Parecía un hombre indefenso pero cuando paraban las canciones y los cuentos, se volvía agresivo. La compasión de uno de los que dirigía la manada de hombres, permitió que una adolescente de ojos profundos le contara noche tras noche historias. Sin embargo, un autismo lo rodeaba.

En las ciudades comerciales, el enfermo perdía ansiedad. Las carrozas nocturnas parecían aliviarlo. Decidieron llevarlo a una ciudad donde el ruido no cesara. El grupo se disponía a dejarlo cuando la adolescente siguió los pasos del demente. Aisha temía que perdiera el control. Se separó de la tribu de los hombres camellos y caminó junto al desconocido que le enseñó el valor de la compasión.

Adam durmió plácidamente varios días. Inclusive recordó su nombre, el del primer humano. Decidió comerciar en la plaza, un espacio rodeado de murallas grandes en honor a un dios que es hombre y sueña con mujeres. 

A las doce del medio día, Aisha vio a su protegido de rodillas en medio de los comerciantes. Había enloquecido nuevamente. El delirante cerraba los ojos e insistía: "Todas las voces son como el sonido del desierto, son como la brisa, la voz de la soledad".

Aisha y Adam, se descubrieron profundamente solos, en la ciudad más grande del desierto. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

El Novio Oscuro

"...Huesos sustituidos por piedras.
Te cosieron.
Te remendaron..."
Alejandra Pizarnik, 4 de noviembre

Murmuran que vino de España, con el cetro y la corona en un baúl.
Es un hombre que sonríe con frecuencia,
que corrige con disciplina,
que recorre las plantaciones
y aconseja en la reparación de molinos.

No tardó en descubrir que en las montañas estaba lo no descubierto:
los animales, los venados y las flores.
Sin duda un científico en rigor.

Es el virrey Amar.

Algunos dicen que vino tras los pasos de Humboldt.
Otros afirman que soñaba al igual que Pizarro encontrar bosques de canela.
Lo cierto es que se transforma en un manojo de nervios y miradas oscuras,
justo antes de las lluvias de octubre.

Detrás de él siempre va un esclavo,
parece que lo trajo desde las Antillas.
El virrey siempre se preocupa porque no le falte pomarrosa;
le gusta que sus servidores huelan bien.

En una ocasión, el conde de Resoviv vino a visitar a su merced.
Famoso por ser gordo y violar negras, al acabar la cena pidió una para pasar la noche.
Sin el beneplácito de su majestad, osó tomarla de la muñeca y arrastrarla por los pasillos.

El negro de ojos grandes le pegó una bofetada.
Famoso por defender a los suyos, según miembros de la Real Audiencia, tenía antecedentes.
Cualquiera hubiera esperado la ejecución de la alimaña por ofender a un noble de tal porte.
Sin embargo, por causas misteriosas murió el marqués dos días después.
Llenaron de piedras el cadáver y le cosieron la boca.

Mucho se murmuraba en la plaza,
ante lo cual su majestad Amar organizó una fiesta
y emborrachó a toda Santafé de Bogotá.

Nadie recordó el suceso.

Excepto yo, que lo recuerdo todo.
Se murmura que el virrey no ríe,
no lee y no sueña, en aquellas jornadas en las que le entran los calores.
Son esas noches de agonía que suele llamar
a su novio oscuro y se escuchan sonidos lejanos en las puertas de madera.
Parece que le rompieran los huesos y le cosieran el alma.


domingo, 21 de febrero de 2016

Diario de un Astrónomo


"...Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;

la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano..."
Límites, Jorge Luis Borges

Procuro tomar un café, de los fuertes, los que traen del sur. Y mientras reviso los monitores, las imágenes del radioscopio me revelan conceptos abstractos que tal vez cambien la humanidad. Son noches en las que he aprendido a no dormir, formas monásticas de ejercer una disciplina lejana de la religión.

Ya desde el principio el matrimonio fue un desastre. Galileo, el padre de las ciencias fue encarcelado y como todo buen pensador, le dio la razón a la infamia no sin antes susurrar una palabra que marcaría el avance de la humanidad: "...Aún gira..."

Luego Lewenhook que descubrió microcosmos, formas de vida incomprensibles para cerebros ciento sde veces más grandes que una bacteria. Seres fofos y oscuros, le dijeron a manera de castigo: "...La sociedad no necesita sabios..."

Sin embargo, tanto la astronomía como la microscopía demandan una entrega similar a la de un monje. Una suerte de vida que excluye la diversión, que eleva la vida y que dignifica a la humanidad. Mientras cientos de seres celebran orgías y festines, yo estoy sentado analizando estrellas fulgurantes, sistemas planetarios que quizás revelen el espectro de algún nuevo elemento químico. Estoy aquí, comiendo pan integral, en absoluto celibato, pensando en la constante de aceleración planteada por Einstein.

Llevo años sin descubrir nada nuevo y siento vergüenza con mis estudiantes doctorales que quieren creer que la astronomía seguirá revolucionando el mundo convulso que nos rodea. Entonces las canas y el cansancio me llevan al hábito, humano y antiguo, de imaginar que soy otro.

Pensar quizás ¿qué hubiera pasado si hubiera nacido al sur? Seguro no vería la estrella polar, quizás no sabría nada de las estrellas polares y a menudo me preguntaría si hay alguien que se cuestione por las vidas que habitan los luceros. A lo mejor haría poesía, quizás sería un párroco que después de fornicar con una monja, saldría a la terraza del campanario a fumar mientras una supernova brilla sobre mi cabeza sin que siquiera note su presencia.

Tal vez cultivaría café, me levantaría temprano entre grupos armados que sobornan a la población. Me sentiría miserable por no poder darle a mis hijos (porque los tendría) una vida más digna. Y me sentiría orgulloso de verlos crecer, escucharlos reír mientras juegan en la lluvia. Quizás les enseñaría a pedir deseos al ver un destello fulminante en el cielo. Creeríamos que son estrellas fugaces, sin sospechar que ha llegado el fin del planeta.

Y algún día, una bolsa de mi café, llegaría al observatorio de Harvard, a alentar la noche oscura de un astrónomo, que sabe mucho de estrellas y poco de hombres.