viernes, 22 de julio de 2016

El Mariachi

Según él, fumaba para aliviar la tensión que le causaban los pantalones apretados. Y a diferencia de los universitarios que se escondían de las miradas conocidas, él había crecido en esa calle y desde que la memoria le funciona, ha cantado para hombres con cadenas de oro y borrachas con la lívido encendida.

A simple vista un mequetrefe, pero otros coros cantarían si la gente conociera su historia. Perdió la virginidad tras bambalinas bajo una imagen de la virgen de Guadalupe con una señora de cincuenta que decía ser la reencarnación de Marlyn Monroe. A pesar de trabajar noche tras noche (sin parar), es poco lo que duerme en los días. Le gusta ir a los centros comerciales setenteros y jugar videojuegos. Así transcurren los días: entre maquinitas de carros, trompetistas, guitarristas y tequila.

Es inevitable mantener la cordura en una profesión que requiere de carisma y licor. Procura no pasar de tres copas. Cuando lo hace suele ponerse alegre y dicharachero, y a menudo se sienta en las piernas del guitarrista.

Debo corregir algo en esta historia. No perdió su virginidad bajo un cuadro de la virgen de Guadalupe. Lo hizo con una niña punk que conoció a sus quince años. Olía a comino, según ella, porque sólo comía platos naturales. Y precisamente, su primer beso, supo a baterías, guitarras eléctricas y cilantro. Entonces él le tocaba la cintura que ondeaba como una serpiente... Y la quiso capturar en el Parque de los Hippies. Tras entrar a la universidad ¿quién saldría con un mariachi? Un día cualquiera, ella decidió no volver a responder el teléfono rojo y pesado de los años noventa.

Por eso él tiene los ojos vidriosos y un par de cenizas le queman la solapa.

-¡Jueputa!- Exclama mientras camina calle abajo, hacia el Parque de los Hippies.

Ya mañana en la mañana se llenará esta calle de bogotanos encorbatados.






El Mariachi

Según él, fumaba para aliviar la tensión que le causaban los pantalones apretados. Y a diferencia de los universitarios que se escondían de las miradas conocidas, él había crecido en esa calle y desde que la memoria le funciona, ha cantado para hombres con cadenas de oro y borrachas con la lívido encendida.

A simple vista un mequetrefe, pero otros coros cantarían si la gente conociera su historia. Perdió la virginidad tras bambalinas bajo una imagen de la virgen de Guadalupe con una señora de cincuenta que decía ser la reencarnación de Marlyn Monroe. A pesar de trabajar noche tras noche (sin parar), es poco lo que duerme en los días. Le gusta ir a los centros comerciales setenteros y jugar videojuegos. Así transcurren los días: entre maquinitas de carros, trompetistas, guitarristas y tequila.

Es inevitable mantener la cordura en una profesión que requiere de carisma y licor. Procura no pasar de tres copas. Cuando lo hace suele ponerse alegre y dicharachero, y a menudo se sienta en las piernas del guitarrista.

Debo corregir algo en esta historia. No perdió su virginidad bajo un cuadro de la virgen de Guadalupe. Lo hizo con una niña punk que conoció a sus quince años. Olía a comino, según ella, porque sólo comía platos naturales. Y precisamente, su primer beso, supo a baterías, guitarras eléctricas y cilantro. Entonces él le tocaba la cintura que ondeaba como una serpiente... Y la quiso capturar en el Parque de los Hippies. Tras entrar a la universidad ¿quién saldría con un mariachi? Un día cualquiera, ella decidió no volver a responder el teléfono rojo y pesado de los años noventa.

Por eso él tiene los ojos vidriosos y un par de cenizas le queman la solapa.

-¡Jueputa!- Exclama mientras camina calle abajo, hacia el Parque de los Hippies.

Ya mañana en la mañana se llenará esta calle de bogotanos encorbatados.






jueves, 21 de julio de 2016

Pollito

Por aquellos días, al lado del edificio anticuado que albergaba no menos de ocho habitaciones, una piscina, un salón de eventos y un naranjo, estaba la casa de los cuidadores. Había una constante en mis peregrinajes infantiles y es que no reconocían las fronteras sociales. Y es que allí, en esa la casa de al lado, lúgubre, con olor a cenizas y cientos de niños que años más tarde no recibirían educación, me sentía uno más.

Recuerdo su percepción de la desnudez. Solían cargar a los niños pequeños, desnudos sobre las espaldas con una manta de colores azulados que amarraban a su pecho. Sobre sus paredes había totumos llenos de maíz que sonaban como maracas y el arroz sabía diferente.

Jugaba con ellos porque es la manera en la que los niños hacen el amor y será la única que nos quede cuando el cuerpo esté cansado de las brasas de la pasión. Eran muchos y la mayoría morenos. Eran felices, como el resplandor del patio de cemento. Tenían pollitos, con los que jugábamos a atrapar. El símbolo ineludible de la inocencia. Uno de ellos lo tomé entre manos y la gallina me picó. Lo solté y noté cómo la llama de la vida se debilita. No cantaba igual, no corría. La alegría de todos los niños se convirtió en un luto. Arroparon al animalito amarillo y cuando les pregunté si era la forma de curarlo, me mintieron y dijeron que sí.

No recuerdo si el pollito murió. Sin embargo, fue de las primeras imágenes que me enseñaron la crueldad que habita la ingenuidad. Más adelante, las vidas de esos niños y las mías se dividirían, por los miles y miles de abismos que crea la sociedad. Intento convencerme que algún día trabajaré por ellos, por ésos que fueron niños y quizás, también pollitos... pero al hacer un recuento, no he hecho nada.

Recordarnos con objetividad es a veces espantoso... Pero de esos senderos oscuros que hemos cavado, hemos construido, todo lo que somos.