jueves, 15 de septiembre de 2016

Jaulas y Disfraces

Le gusta tomar café de cara a la ventana, ver cómo deja de llover y notar cómo sale el sol. Mientras tanto la gente corre y ve sus ojos intensos, como la mirada de un gato casero. Y es que a pesar de su mundo civilizado, se intuye una fuerza subyacente en la piel.

La puerta del apartamento se abre. Uno de los ángeles de porcelana se quiebra. Gustavo se ha acostumbrado y camina a su habitación sin siquiera mirar al suelo. Es uno de esos hombres que usa corbatas a rayas. Es que es tierno y trabajador, se intenta convencer ella cada vez que ve la puerta abierta y siente la tentación de sentir el aire. 

Lo saluda con una sonrisa parecida a un atardecer. Está acostumbrada a que sea él quien quiebre los ángeles. Su esposo constantemente le pregunta en qué piensa mientras ve por la ventana. Ella dice que le gustan las personas que caminan. Y siempre, sin falta, Gustavo se derrumba en la cama y con ternura y desprecio le dice: "tontita".

Y es que esa adulta rica se ha acostumbrado a mirar los pájaros enjaulados en las cocinas de las vecinas de 60 años. A imaginar que la mesa es una cordillera y las frutas artificiales que adornan la meza, son soldaditos que la quieren aniquilar porque la confunden con un dragón. Pero son sólo tonterías, uno a los treinta años no tiene derecho a revelar sus rarezas.

No es un mal marido, le dice a la empleada doméstica de su vecina. La trata como a una princesa, le da regalos todos los días. Insiste y le pide que le crea. Que sí, que sí es un buen tipo. Que fue ella quien decidió dejar de trabajar por esa depresión profunda que le impide mantener la atención en una actividad por más de 20 minutos. Que sí, que es bueno, que no, que no le pega.

Y es verdad, la ama. O eso cree él.

Entonces se acerca la hora. Mientras le prepara un café a Gustavo, mira por la ventana las calles húmedas y grises de Chapinero. Al principio, se sentía como una mucama con título de maestría y un problemita emocional que no le permitía vivir. Y tras aburrirse hasta el cansancio en la cocina, comenzó a imaginar que era esposa del vendedor de lotería. Que se llamaba Ifigenia y tenía muchas várices. Otro día soñaba ser la vendedora de dulces que leía poesía erótica. Y un viernes, cual Blancanieves, imaginó que eran príncipes los que caminaban la acera y que uno la buscaba.

Más de uno la miró con una morbosidad profundamente masculina. Un anciano le envió a través de señas un beso. Ella se rió. Desde entonces los viernes evolucionaron para ser días de príncipes. Y para entonces cada vez que Gustavo se dormía y le decía "tontita", no sentía ira, se sentía emocionada. Caminaba a la cocina con delantal rosado y una sola media. Y buscaba entre las miradas un galán.

Gustavo, como todos los maridos ejecutivos, tenía un viaje de negocios. No, el viernes, no. Fue el jueves. Y es que si hubiera sido el viernes ella por lo menos habría podido justificar lo sucedido. Se sintió sola y aburrida. Entonces, casi como una niña traviesa, intentó imitar a su esposo. Usó una de sus camisas e interpretó su papel. Frunció el ceño, miró con suficiencia el apartamento, pasó el dedo por las ventanas y encontró polvo, se enfadó. Se recostó y dijo: "tontita".

Tras 20 minutos de dormir como un macho, se despertó sobresaltada. Alguien timbraba con timidez. Jugando a ser Gustavo, había dejado la puerta abierta. El hombre que la alertaba era un joven de ojos profundamente azules y vestido de mujer, como los príncipes. 

-Mucho gusto, Gustavo- dijo ella.
-Mi nombre es Catalina ¿quisieras jugar a mirar por la ventana?- respondió él.

Gustavo y Catalina, buenos esposos según sus esposos, miraban por el cristal. Mientras tanto los transeúntes se percataban de dos sujetos vestidos de manera espantosa que miraban desde una ventana. Dos sujetos, que desesperados, buscaban algo en los que caminaban. Los ojos buscaban, sonreían, olvidaban. Y de un momento a otro, los ojos se miraron. Y es como si hubieran descubierto algo. Cerraron las cortinas y el vendedor de lotería, sospecha que durmieron juntos.

No se debe olvidar que era jueves, no viernes. De manera que son culpables. Si hubiera sido viernes, ella podría haber alegado la ausencia, la ejecución de una rutina y la búsqueda de personajes para desarrollar la historia. Pero no, era jueves, entonces son culpables.

2 comentarios:

L u z C a r o b a dijo...

No he podido evitar que fluyeran en mi mente los colores poderosos de un cuadro expresionista. No he podido evitar pensar en muchas y muchos con miedo de descubrir su vida y desilusionarse. No he podido evitar sentir el peso y la liberación de quien decide cortar y ser un nuevo presente.

Vicky dijo...

Luz, a menudo el teatro, la interpretación de otros papeles, nos permite descubrir nuevos caminos.