sábado, 19 de agosto de 2017

El Enigma del Parador Rojo

Felipe miraba al público anonadado. Es fácil creerse importante y otra cosa es serlo. Estaba frente a una delegación internacional ganándose un premio por su último estudio sobre la ocurrencia de la preclampsia y las condiciones ambientales. A pesar de los aplausos, cuando llegó a su habitación miró al techo sin sentirse muy distinto. Quiso recordar por qué se había vuelto estadístico y para su sorpresa, a duras penas recordaba su segundo semestre de pregrado. Sintió un inexplicable sinsentido, parecido a la tristeza.

Tomó un vaso de ginebra y se recostó arrullado por el sonido de las cigarras. Después de hundirse en la tranquila nebulosa del silencio, se vio a sí mismo sentado en un comedor grande, lleno de personas que se reían. Vio su ropa y sintió el calor. Era apenas un niño y estaba en un parador ubicado entre la vía que lleva de Bogotá a Melgar. Su madre tenía una cofia en la cabeza y le repetía que se tenía que portar bien, en su típico tono gruñón.

En su vida adulta, ella acudía, día tras día a ese parador caliente, a buscar el sustento para sostenerlo, dado que el destino quiso que fuera madre y soltera. Siempre estaba de mal humor y cuando se trataba de travesuras lo cogía a golpes porque perdía fácilmente la paciencia. Él, acostumbrado a obedecer, se dedicó a ver sentado a las personas caminar.

Llegaban familias felices, algunas con los padres y los hermanos que él no tuvo. Mujeres gordas con camisas cortas que delataban su celulitis, ancianos huyendo despavoridos de la fría ciudad y empresarios con sus amantes, ocultándose de la Bogotá vibrante.

Inició dibujando la vulgaridad de los comensales: Sus labios llenos de grasa, sus sombreros baratos de contrabando, las piernas agrietadas por los años, los padres que morboseaban adolescentes y a los sacerdotes acompañados de eunucos. Con sus 6 años, ya había aprendido a contar, inclusive, sus límites habían rebasado lo que podía imaginar. Y casi sin darse cuenta, comenzó a anotar la cantidad de visitantes.

Su madre, a menudo coqueteaba con el administrador, que no era más que un lechón desagradable que no tardaba mucho en tratarla mal cuando cometía un error. Esos días, por el motivo que fuera, lo golpearía en la casa. Mirar a las personas, atrapadas en sus vidas se convirtió en un pasatiempo que le permitía huir, del odio que sentía hacia ella.

Comenzó a formar grupos, contó los hombres y las mujeres, los altos y los bajos, los histéricos y las ninfómanas, los que vestían de azul y los que vestían de rojo. Inclusive, anotó los platos en los que comían. Pronto notó una generalidad. Había días en los que se cargaba el ambiente y las familias discutían, los amantazgos se rompían, y a los sacerdotes les daba un paro cardiaco. En otros, las libélulas bordeaban la comida, los jóvenes se enamoraban y el sol brillaba desbocado. 

Pensó que quizás era el clima, el fuego de la estufa o la presencia de la policía en las carreteras. Nada coincidía con sus listas llenas de números y categorías. En una de las noches solitarias, cuando se oíael cantar de los insectos, se aproximó a pedir una servilleta a la cocina. Vio cómo a una adolescente cocinera, se le acercaba el administrador y desviaba sus manos hacia su pantalón. Al día siguiente, casi espectral, ella mezclaba una sopa llena de menudencias, mientras su mente viajaba a otro lugar. El cielo se nubló y la gente que comía, había empezado a odiar.

Su madre había engordado, era más gruñona, se dedicaba a los chismes y no perdía oportunidad para celar a cualquier hombre que le interesara. El moreno lechón, con su sonrisa exagerada, caminaba oliendo la cocina, como un animal territorial. A lo lejos detalló mejor a la chica y notó que era de silueta delicada, y con un rostro de profunda introspección.

En una ocasión, mientras llegaba del colegio, notó que todos reían en el parador. Una alegría mezclada con euforia, hacía que los amantes se besaran como animales primitivos. Corrió a la cocina y vio cómo el administrador gritaba. Decía que así era como le pagaban a él por hacer favores. Insistía que era una calumnia de una muchacha confundida, mientras en sus manos miraba un papel con un sello de la policía. Les reclamaba a sus trabajadoras y miraba con odio a la cocinera. Ella estaba roja pero sus ojos reflejaban la fiereza de quien está dispuesto a ganar.

Llegada la noche, no había ningún comensal en el parador. Los empleados se habían marchado y él no encontraba a su madre. Un rayito de luz se asomaba entre las puertas de la cocina, ante lo que él decidió acercarse sigiloso a las puertas. El administrador cerraba los ojos y se apretaba el entrecejo. Su madre se reía y miraba con desdén a la cocinera. El lechón le entregó un fajo de billetes a su madre y ella se dirigió hacia la adolescente, la tomó bruscamente de la muñeca y le puso el dinero en la ropa interior.

-Yo sé cómo son las de su tipo, ésta es su última noche en el parador- dijo su madre.

Huyó la niña despavorida y tras de sí dejó una estela de misterio. Se subió a un bus con un letrero que decía "Melgar-Bogotá"y se desapareció entre las estrellas y la luna.

El parador no fue igual. Ya a los amantes no les brillaban los ojos, las ancianas no tenían enfermedades terminales qué relatar, las peleas eran menos apasionadas y sobretodo él, ya no sentía la alegría de mirar a través de las puertas de la cocina. Un sacerdote rodeado de prostitutos le dijo a uno "veníamos buscando emociones intensas, sentirnos vivos. Este lugar ya no es igual".

Pasaron los años y el pueblo se narcotizó. Se volvió una villa de casas con piscinas y de narcotraficantes ansiosos por poner una discoteca. Su mamá lo siguió odiando y él comprendió, que era hora de volar. Con las piernas que ya no le cabían en la pantaloneta, se fue corriendo a la entrada del ahora famélico Parador Rojo y estiró la mano para parar el primer bus que pasara. Precisamente era uno que decía "Melgar-Bogotá".

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