Nadie nos dijo que nos cercenarían las alas y nos harían más pequeños que a la oruga. En los capullos se predisponía un universo diferente para cada uno. Envueltos en los sentidos y acechados por lo imperceptible: el futuro; nos dedicamos caminar y a deslizarnos por un árbol cuya corteza no era más suave.
Mordimos las hojas y luchamos. Embriones vespertinos que se rebelan ante una tarde fría. Miramos el mundo resplandecer como la única y primera palabra de un mudo. Escribimos sutilezas sobre el azahar de la naranja. Dedicamos tardes interminables a la profesión del olvido, abandonamos nuestro derecho a ver las hojas caer.
Algunas mariposas no nacieron, otras volaron libres con fuerza y las últimas fuimos cercenadas con un disparo de viento. Ahora no somos orugas ni mariposas... Sólo espectadores de los que vuelan y los que esperan.
