La palabra, decía mi profesor de literatura, se hizo para detener las cosas en el tiempo. Uno de los personajes de Rayuela, luego diría que la palabra se hizo para destruirse a sí misma.
Un día el país, la familia y uno mismo, deja que se cultiven ríos bajo tierra, que son como venas que viven en una angustiante tranquilidad. Porque basta un huequito, sólo una pequeña herida para que se abran y revelen todo lo que ocultan. Y lo que cargan no es menos escandaloso que lo que exhiben.
Entonces los acuíferos rebosan, las venas brotan hemorragias, las personas explotan, el país se va al traste y uno se queda sin palabras.
Y debe haber alguna, en el diccionario que describa lo que uno siente, el limbo de la vida misma, la antítesis del proyecto occidental de la existencia de un ciudadano.
Quizás uno es la palabra, porque está detenido en el tiempo. Y de alguna forma, se autodestruye. Una nueva versión del hombre erguido de Kafka, salvo que sus personajes luchan por dejar de ser una cucaracha. En mi caso, no lucho por dejar de ser palabra, fantasma. Simplemente, como los inmortales de Borges, busco una salida del laberinto.