viernes, 10 de junio de 2016

Alcíbiades Enamorado (1)

Alcíbiades



Más difícil que contar el comienzo de la historia de uno, es contar el de alguien más. En este caso el tuyo. Porque me miras con los ojos perdidos, guardas silencio y cuando menos lo piensa uno, dices alguna trivialidad: Que el cielo es azul, que mira esa mosca, que fíjate en la espalda de ese sujeto... Que se mueve como si ocurriera en un sueño.

Y a veces te siento como si durmieras. Lo digo por los enfermeros que te inyectan y te sellan los ojos por horas. Sé que te gustan sus espaldas anchas y muslos de guerreros. Es lo único que no has perdido, la sensualidad común a la mayoría del género humano. Hay días en que te pones agresivo y comienzas a decir incoherencias: "ella es un chico", "lo soy paz" y "me lluevo en invierno". Entonces, soy yo quien te dopa. Creo que estás mejor en ese coma de unas cuantas horas que en este mundo incierto, lleno de carros pitando y nubarrones de smog.

Quizás mientras duermes, como un ser poseído, logras recordar quién eres. Seguro te ves montado en los columpios, con la corona que te compré cuando tenías 5 (decías que conquistarías el mundo). Sé que recuerdas tus arranques feministas de la adolescencia. Una noche me fijé en tus labios, puedo jurar que susurrabas: "Ni putas, ni ángeles". Y ahora no sé qué eres, porque inclusive las putas y los ángeles en su misterioso proceder tienen una mirada trascendente o coherente. Tus ojos me aterran, se pierden, se escabullen en las nubes y en puntos lejanos ¿cuándo vas a volver?

Yo tenía la nariz reventada, nada que no se pueda perdonar. Pero debes entender que con los años me he vuelto débil y tú te has vuelto fuerte. Te traje a esta clínica en el carro azul del cual te avergonzabas frente a tus amigos. Me gustó el aspecto pálido y religioso del complejo. Uno de los psiquiatras me dijo que alguna vez  había sido administrada por monjas. No vayas a pensar que desconfío de ti; es que a veces hacías cosas que por las limitaciones físicas que trae la edad, yo ya no podía controlar. Cuando orinabas los muebles, yo limpiaba, cuando no comías, te alimentaba, pero cuando comenzaste a gritar en latín y me asestaste en la cara, sentí ira y luego tristeza. Hice la cena y apagué las luces, como nuestros vecinos. Recé, como René y te di un beso en la frente, como hace Lucía con sus hijos. Estaba entre las sábanas cuando te oí pronunciar una letanía. Tu voz era gruesa y me sentí vulnerable. Comprendí que eras adulto ¿y yo un viejo? ¿No es eso como ser un niño? Si lo hubieras deseado, me hubieras matado.

Te amo profundamente, no quiero que pienses lo contrario pero sí pido que te pongan la camisa de fuerza, es porque estoy seguro que ni siquiera tú entiendes lo que sucede. Imagino que es como una laguna borrosa de la cual no es fácil escapar. Como cuando a un cristiano lo posee un demonio bíblico y en una pésima actuación dice que actúa en contra de su voluntad.  Cada día hablas menos y cada noche te siento más lejos. Entonces tu nombre suena misterioso, como si ya no fuera tuyo y designara alguien que murió aplastado dentro de ti. Te traía dulces, difíciles de conseguir en esta clínica y te encontré mirando por la ventana, te tocabas el rostro y confundido susurrabas: "Alcíbiades".




martes, 7 de junio de 2016

Invocación a Atenea

Diosa de la verdad,
que ves follar a los hombres,
que arrullas sus penas,
con premonitoria levedad.

Deidad del Olimpo,
que reconoces la injusticia,
y con temperante porte,
protestas cual verdulera.

Alegoría a la blanca arquitectura,
que vio caer Persépolis y sus hijos.
Transatlántica nostalgia
de democracias de hombres
y erotismo entre los mismos.

Tú, que todo lo ves,
aclara los caminos de los perdidos
para que lleguen a la humanidad,
a través de azares o decisiones,
para que descubran su verdad.

sábado, 4 de junio de 2016

Alejandría

Durante los días recientes, había recordado con entusiasmo su llegada a la biblioteca. Apenas un adolescente, tomó la decisión de cruzar el mundo, con los comerciantes. Mientras ellos hablaban de la porcelana y los castillos hexagonales, de la canela y los brahamanes, del Nilo y las ciudades sepultadas, en su lugar él cargaba un libro con pastas de cuero y símbolos extraños.

No fueron pocos los intentos de robo de las tribus que vivían en el camino. No obstante, iban detrás de las especias, el oro y la cerámica. Cuando finalmente llegó a la ciudad, un par de leprosos le indicaron el camino a cambio de un beso en la mejilla. Era conocido que las pústulas infectaban el alma y el cuerpo, pero su determinación lo hizo meditar y concluyó que sólo necesitaba los ojos para leer.

En los grandes centros de conocimiento, la humanidad y sus caprichos no se ven anulados. Tambièn habitaba la envidia, el deseo sesgado de aplastar a los colegas o el extraño narcisismo de hacerse inmortal a través de los demás.

Sin embargo, la obscena humanidad se veía exaltada en los pasillos, que contenían colecciones de los cómicos griegos, copias de los textos originales de Platón, tratados de farmacéutica, filología y matemáticas. Inició su carrera limpiando grandes tomos de un sacerdote babilónico, que se propuso contar la historia del mundo.

Tras modelar el movimiento del agua, traducir libros de matemáticas del persa al griego y trazar órbitas planetarias, logró dirigir el laboratorio. Se respiraba un aire a conocimiento, la ciudad estaba viva. Pero uno es, en gran medida, de donde viene. En las tardes se sentaba a respirar y su corazón se apaciguaba.

A medida que los días avanzaban mientras meditaba se veía en un salón blanco, en silencio absoluto. Las letras que lo acompañaron durante su infancia se diluían. Ya no soñaba con Homero, escribiendo sobre piedras. Hasta que una mañana, a pesar de los sonidos, comprendió el silencio, lo examinó... Decidido, prendió fuego en los tomos de "La Historia del Mundo" y en menos de una hora, el que fuera el centro de conocimiento más apreciado de la era clásica, estaba en llamas.

Sintió pena y tras analizar lo que había hecho, se sintió un troglodita. Miró desde la distancia, cientos de historias hacerse polvo. Cerró los ojos y meditó con el único libro que salvó del desastre. Era un antiguo tratado, escrito por un leproso desterrado, sobre el número cero.

Alejandría desapareció.